miércoles, 29 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Debo reconocer que haber estado en esa comuna, ciudad o playa mediterránea implicó  cambiar la visión binaria de las cosas sobre la realidad humana, suelo tener ese defecto, no obstante, seguía el fenómeno de la vida impartiendo sus luces y sombras, espero descubrir con quien esa duda razonable.

Lo interesante de todo esto es que cada día estaba lleno de dudas razonables, eran las primeras impresiones respecto a estas vacaciones, aparentemente, solo eran simples descansos patriarcales, detrás de cada uno de esos momentos estivales, un mundo pletórico de situaciones extremas y bipedismos pluricelulares, aun seguía perpetuándose la canción de Viña del Mar.

Unos momentos breves. Breves instancias de deliberacion veraniega, leer y caminar junto a mis papas, esto, resultaba una experiencia exultante, por lo menos, mis papas asumieron su papel ideológico, hablaban cualquier cosa, la muerte silenciosa de aquel día se me hizo más tolerable.

La ilusión del cambio, por un lado, el festival de Viña del Mar, por otro lado, la complejidad nostálgica del ciclo sin fin de la vida. El juego del amor, su misterio era imponente, apareció en mi, enamorándome de la vida misma, cierta insensatez ocurrió en lo que desarrollé.

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Algunos podrán decir otras interpretaciones, con sus respectivos cinismos callejeros, para divertirse y burlarse de la patética racionalidad veraniega que yace entre nosotros, no hay nada que hacer a medida que entonamos el siniestro despertar de la brisa marina. Por ahora, menos mal, no ha empezado todavía el Festival de Viña del Mar.

Una mero sucedáneo musical, ni siquiera las hojas de otoño pueden entenderlo, condicionado por la tiránica tradición de un capitalismo demencial, sin embargo estas vacaciones familiares sazonan a cuanto suceso histórico acontezcan, narramos los mundos ordinarios, eso intento, del ciclo sin fin, eso sí, a mi manera.

A mi manera, habrá delirios de grandeza respecto a lo anterior, inequívocamente, necesitamos de los otros para promover valiosas tonterías, de lo musical, no mucho. Tras ese primer almuerzo en tierras viñamarinas, la realidad siguió su maratón visceral.

Por eso mismo, la afluencia de personas que caminaban sin cesar por avenidas principales de la ciudad mencionada, tanto en horario valle, como en horario punta, competía con la necesidad enfermiza del hoy, porque vivir encapsulados en la dirección correcta, un prejuicio tan antiguo como el origen de la sexualidad humana estandarizada.

Estamos sexualmente moribundos, cuando se trata de verbalizar la obra de arte en movimiento que esgrime el fenómeno de la vida humana, perpetuar la especie a medida que la biología de la vida persuade a sus propios orígenes polémicos, es el misterio de los misterios asimilarlo, palabras esgrimidas como si tuviera un valor en sí mismo, pero que se diluyen al entrar al juego de la vida en sociedad, un humor muy paradójico, nuestra ciudad no está exento de corromperse por este fenómeno.

Un fenómeno para mis vacaciones familiares. Vacaciones familiares teñidas de vidas paralelas entre la perpetuación de la especie, escuchar y observar el festival de Viña del Mar, perplejos ante Luis Miguel y Morrisey, personajes excéntricos deliberadamente frágiles, miembros vitalicios de la música, con la complicidad insobornable de la inestabilidad emocional de los humanos. Todavía seguimos en democracia.

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Sumidos en vacaciones. Después, envejecemos junto al glamour incomprendido de l ciclo sin fin, pero algo continua. Continuando con las muestras de afecto humano, lo cual no quiere decir que sea encadenándose a eso, cumple una labor socializante el sufrimiento, una propuesta estética de indecibles épicas psíquicas, si es que podemos presentarlo así, ante la ayuda de mis buenos muchachos, mis libros y mi incertidumbre mediterránea.

A decir verdad, los instantes recién mencionados, eso creo, ayudaron a comprender, en algo, la dimensión inextricable cuando estás leyendo mientras descansas.

Descansas para mitigar tus demonios internos, personajes enigmáticos para longevos prejuicios de Occidente, siempre y cuando el ciclo sin fin siga recorriendo sus milagros inesperados, vierte su cosa lúdica en nosotros. Nosotros siempre hemos sido dioses pequeños a medio terminar semántico, dicen algunos.

martes, 28 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Con la familia podemos alimentar promover escuelas de percepciones significativas, de repente, lo intuía, imbuido por esas lecturas, conversaba sin las típicas interrupciones de la brisa marina, con mis papas, lo necesitaban. Necesitaban el amor supremo de las valiosas tonterías que salían de mi boca.

Bueno, ellos compartían sufrimientos paralelos, con sus miradas perdidas y miedos atávicos, tal vez alguien podría ayudarlos, no sé si era la ocasión para decirlo, pero el ciclo son fin estaba haciendo muy bien su trabajo sobre mis papas. Siempre se mantuvo ese suspenso.

A la sazón, el ciclo sin fin durante nuestra estadía en la ciudad Jardín demostró que leer en cualquier momento era un acto de rebeldía contra la inconsciencia establecida del presente veraniego, se acercaba la hora del almuerzo. Decir eso es tan arbitrario como haber comentado que no leí lo suficiente durante estas vacaciones.

domingo, 26 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

Despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



 Hemos perdido eso. Perdidos en Viña del Mar. Una especie de asimilación cotidiana que alberga encuentros cercanos entre el ciclo sin fin de la vida y sus derivaciones humanas. Se puede lograra. A pesar que siempre cambia. Cambios.  Aprisionan a todo aquello que ejerce su racionalidad occidental.

Ademas, la racionalidad occidental permeaba, en ese entonces, en la plaza pública del centro cívico de Viña del Mar, todas mis movimientos corporales, había que hacer algo, porque estaba ansioso ante lo que aparecía. Aparecían destellos del claroscuro de la fe, ese instinto provocador que perpetró su viaje sin retorno hacia el horizonte narrativo de las hojas que versaban sobre Jobs y Obama, intimide a través de mi mirada al dispositivo móvil que guarde en uno de mis bolsillos. Eso, recordó que somos ínfimos comentarios en comparación al hipócrita lector que encarna el universo, ocurría tan solo ese primer día de vacaciones junto a mi familia.  

sábado, 25 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Muchas veces aposté a leer esos libros textos impresos, que versaban sobre Jobs y Obama, ya que calmaba mis instantes psíquicos, no hay palabras como para verbalizar la disposición de ánimo tras el avance progresivo de una página a otra. Por lo menos, esas calles de Viña del Mar ofrecían silencios elocuentes, estridencias posmodernas y verdades mutiladas en Off.

Leer permite crear una dimensión palaciega sobre nuestro lucido cinismo para captar que todo fluye sin cesar, no hay Festival de Viña que tenga esa lucidez lectora. Es lo que somos, recordar que vamos a morir nos depara formas sofisticadas de represión, lograr la sencillez que hemos perdido.  

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



 Solo esperamos contar con la ayuda de nuestros buenos momentos, si es que podemos describirlo sin temores a quedar mal parados ante el ciclo sin fin, esa es la cuestión, por eso mismo, estar en Viña del Mar significó bailar con la inconstancia de las apariencias y la bella sensación de sosiego espiritual al leer provisto de acompañamientos sin prensa masiva, los perros callejeros y la brisa marina.

El ciclo sin fin

Despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.

 Son énfasis viñamarinos, habrá glamour planetario. Con lo cual, la vida misma que recorre su propia historia, promueve aspectos revolucionarios sobre los cuales se estableció el ciclo sin fin, relatar cuentos sobre cuestiones humanas. A pesar que ya decirlo, inhabilita a esos lugares familiares que han navegado por aquel ciclo.

Relatar cuentos sobre las valiosas tonterías de nosotros los humanos a través de nuestra labor de hablantes ciudadanos durante un día cualquiera en las calles de Viña del mar entraña algo, la cruel inocencia de la vida democrática con sus legitimaciones neoliberales y sus chamanismos identitarios.


El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


La brisa marina recorría los contornos temporales de un viaje sin retorno, la obra de arte del tiempo atmosférico, alternaba entre sucesos humanos sin nombres propios y valiosas tonterías impuestas por los mismos, a veces, solo con el silencio bastaba con seducir a la brisa marina, aparentaba ser más temeraria de lo que era, ante todo, sus efectos generacionales significaban un cambio de mirada a lo que ocurría bajo nuestro horizonte de observar desinteresado, la simple posibilidad de sacar fotos a cualquier plano que representaba el paisaje interior de esos lugares familiares.

Lugares familiares giran sin parar cuando el ciclo sin fin navega silenciosamente por ámbitos de sucesión cósmica, envejecen para vivir. Vivir como seres inclinados a la estrechez cerebral para captar los espacios vacios en cada decisión que asumimos al cuestionarnos. No podemos ampliarlo con mayor glamour.

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Aspirábamos a ser mayor, pero debemos buscarnos sin terror, de la misma manera, que esos días de descanso estival sirvieron para lograr vislumbrar la captación inmediata, que esas calles de Viña del Mar lograron, observar inequívocamente la crisis de creencias sobre la educación pública. Solo supo que algo había llegado a su fin.

Sin fines mediáticos, la educación publica es un entramado de tiranías didácticas y juegos paradójicos entre la complejidad del mundo real y el academicismo hecho a base de pizarrón de acrílico, del mismo modo, que las vacaciones vividas en la actualidad de esa ciudad fueron una excusa bien elaborada por el azar establecido del ciclo sin fin.

La sensatez indesmentible del azar en virtud de lo cual el ciclo sin fin ironiza con todas las muestras de candor halagüeño que obsequió la razón humana mediante sus adaptabilidades revolucionarias e inventivas hegemónicas, los miles de millones de habitantes del Planeta Tierra aprendieron la lección tras ilusorias suscripciones a eras geológicas, de un  momento a otro, surgió el humor.

Crear humor es mofarse de la tonta solemnidad que refleja un cappuccino a medida que las horas transcurren para el ciclo sin fin de la vida, en este caso, la ciudad de Viña del Mar ofrecía una secuencia finita de sabores estandarizados, hechos a base de bastante reformismo manufacturado con pinceladas de evolución humana, lo cual, coincidía con los miedos soterrados de los independientes consumidores, mitigar su nativo aburrimiento.

Mitigar el nativo aburrimiento de los humanos no es problema para el ciclo sin fin, porque señala un derrotero de inextricables sucesos planetarios con la complicidad incomprensible del Universo. Éste, solo se ocupa de silenciar a sus demonios internos. Como a todos, ojala fuéramos más consecuentes al respecto.

El ciclo sin fin

Despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 A propósito, deben recordar eso. Algunos términos como derecha e izquierda son resabios de unos escasos siglos de divagación antojadiza, eso mismo, lo podemos ver a diario alrededor de lo que creemos creer, nuestra saludable tendencia a escuchar lo que queremos escuchar.

En el más acá, a saber, en las intersecciones de las calles del ciclo sin fin y las calles ensimismadas  del universo, son simples recordatorios de que nunca estamos solos, ni Reforma ni Revolución lo han intuido, esas raras omisiones faranduleras de la razón humana, nadie se atreve a manifestarlo durante una pusilánime tarde de café extranjero a orillas de los roquerios fundacionales de la ciudad jardín entre gentes sumidas en sus incorregibles anecdotarios viscerales, entender a cabalidad de lo establecido por la política, es una dulce condena para Viña del Mar. Esta misma situación, se descubre mediante mucho humor, visión holística y lograr negociación con la indecible realidad.

De un instante a otro, el ciclo sin fin participa activamente con las propuestas hegemónicas de las estivales gentes en perpetuo movimiento valorico. Lo valorico relativo a un método de coacción permanente que condimenta nuestras pecaminosas cavilaciones post Febrero 27. Fue un día lleno de primeras impresiones, y luego de muchas más.

lunes, 20 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Todavía no podía descubrirlo, salvo que las personas seguían caminando por las avenidas principales de la ciudad bella, desde esas avenidas el mejor invento de la vida sigue siendo la muerte, en ese entonces, una serie de hechos indecibles convergían en mis atuendos domesticados por Occidente, usaba zapatillas Adidas con unas poleras de progresión estética, y con unos bermudas sin esmeros innecesarios, pensaba en cómo describir el fenómeno de la vida en una ciudad como esta.

Una ciudad como tal, a saber, Viña tiene su tontería convincente, aspiraba a dejar un gran legado, la narrativa que le permita legitimarse ante la realidad oficial de sus calles que fluían sin cesar, y surgen los perros.

El ciclo sin fin

Despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Solo llevaba un día estando en vacaciones, describir era mi propósito espiritual. Describirla implica una definición fundacional sobre un estado de cosas que aparecía y desparecía en Viña del Mar, hasta los perros callejeros ejercían sus horizontes ciudadanos, solían orinar solo en aquellos parques pertenecientes al Estado de Chile, en otras palabras, esos caninos valoraban sus raíces sociocomunitarias a medida que levantaban una de sus dos patas.

Uno no podría decir eso de los humanos, independiente de su matriz cultural y sensibilidad pélvica, de vez en cuando sirve observar con total hidalguía lo que nos acontece, han sido unas vacaciones extrañas, con sus repentinas primeras impresiones, que cambian insistentemente para evitarse mirarse sin bondad sobre sus enigmáticas conmociones psíquicas así como sus espectáculos actitudinales cuando se ven confrontados a la asfixiante realidad, en este caso, la ciudad de Viña del Mar queda en un estado de perplejidad colérica, no sabe quién es, sobre todo, tratándose de bestias paradójicas como ventosidades valoricas.

Ante todo las vivencias aportadas por los perros callejeros imponían un ritmo musical acorde a la estética minimalista que reflejaban, su sencillez para acomodarse a las circunstancias atmosféricas y humanas, y luego acostarse para entrevistarse silenciosamente o con la sombra o con el sol, rompía con los moldes prefabricados de la sociedad del espectáculo.

Eran animales dispuestos a batallar con la carga duradera de los días veraniegos, desde un estridente horario valle divulgado por los ciudadanos viñamarinos hasta el chato horario punta con sus insinuaciones bohemias a medio terminar, adquirían lo justo y necesario, sin ceremoniales ideológicos.

Además, la vida silenciosa de la brisa marina permitía que compartiera con mis libros una relación de azar establecido. Leía con fruición inexperta. Miraba y paraba para que pasara algo.

El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Cualquier instante viñamarino por allá era, de pronto, para mí, una encerrona dulcificada por los intentos deliberados que usaba a medida que leía algunos libros de textos impresos, tanto la biografía sobre la vida y ascenso de Barack Obama, como la biografía inclasificable de Steve Jobs, lo cual, generó diversas emociones contenidas y fijaciones absortas hacia las hojas de verano que caían sin bondad en la tierra firme de las plazas públicas que visité asiduamente.

Ayudaba mitigar lo absurdo de actuar como fósiles vivientes o amebas sociales, asi es como lo vislumbraba, en la sociedad contemporánea de la alienación permanente con sus diversas atomizaciones narrativas, cada civilización tiene su oportunidad planetaria, mientras tanto, aquellas lectura provocaban un sentido del deber respecto a lo miraba, el azar de lo establecido apareció, esos segundos de lecturas sin ambiciones, respiraba junto a las palpitaciones familiares que alguien otorgaba.

El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.

 Por ahora, eso cabe señalar, eran días veraniegos, de pronto diré aquel lugar que me sirvió de excusa, para conversar sobre cualquier cosa, no exentos de milagros inesperados, las intersecciones de la vida y la muerte inventan mágicas formas de ocultamiento, incluso, poner en cuestión la autoridad simbólicas de ambos personajes teatrales seria mancillar la experiencia ganada que caracteriza al ciclo sin fin.

El ciclo sin fin se viste con ropajes de aprendizaje significativo, a saber, navega por las corrientes geológicas de la vida anónima de innumerables ciudadanos veraneantes, mitigar el voluminoso tedio por cada día que transcurría, por lo que, ahora mismo, entregaré algunas primeras impresiones sobre mi vida en Viña del Mar.

Solo mencionar aquel nombre propio adquiere una peculiar importancia hacia lo que queremos lograr, descubrir el ciclo sin fin en esta ciudad, porque aporta propuestas indecentes al ámbito de la diversión civilizatoria que engloba Viña del Mar como espacio público de lo recreado. Hay para todos los precios, a propósito de recrearse, no siempre se realiza con el decoro necesario.

El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Muy bien su trabajo apreciaban algunos muchachos de buena crianza, los días veraniegos que se hacían sin preguntar a nadie en especial, de un momento a otro cambiábamos de sintonía cósmica, ayer estuve con el silencio, después mis vacaciones estivales con mi familia ayudaron a inquietarme con cierto pudor halagüeño, pero había cierta inquietud edulcorada por parte de los rituales institucionalizados por los humanos, esperando la llegada del azar de lo establecido, comprender esos días veraniegos.

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.




Degustarlas, admirarlas, depurarlas y ser adictos a su narrativas sazonadas. Eso significó disfrutar de lo que imponía el ciclo sin fin. Porque alimentarse, esa era la cuestión. Lo que para uno era lo correcto, en cambio, para otros, es lo inescrutable.

Comer chorrillanas es actuar conforme a la deliberada visceralidad de la cual formamos parte, independiente de los precios que le asignan los imperialistas monetarios, con cierta propensión al hambre, se estremecen nuestros ayunos pedagógicos por parte de Febrero, según lo que creo, estuve allá, con mis amigos incondicionales, la vida y muerte, bellos instantes de elocuente silencio estomacal.

Los silencios estomacales emergen como segundos sin rostro. Aprecian su valor agregado cuando encontramos su lenguaje. Una herramienta sin vuelta atrás que usan esos muchachos.

Esos buenos muchachos de situaciones límites, proponer gulas fugaces a mis confesiones exteriores, el cómo miraba un plato con chorrillanas, sin embargo no era lo mismo que apreciarlo en acción como en la ciudad de Valparaíso. 

Un batalla con el psiquismos inconcluso que reflejan los hablantes ciudadanos provistos y premunidos de anarquismos místicos. Solo él. Podía jamás tomarse demasiado en serio. Lo era. Convivió con esos instantes indecibles. Pero había que convivir con sus muertes simbólicas, el ocaso de un verano predecible y harto instigador, nadie sabía para quien trabajaba.  

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas, y todos somos rotos.



Corre una brisa marina. Todavía el verano actual perpetra ciertas certezas vocacionales, un tenue ardor a la hora del almuerzo, con la puesta en marcha de un sequito de animales extraños. Pero la evolución continúa. Algo detiene la evolución creadora de estar viviendo sumidos esos días en Viña del Mar, no es la mejor de las chorrillanas desgustarla, es poco estético. 

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



A partir de la ciudad a  la cual hemos propuesto como discurso fundacional para describir nuestras valiosas tonterías inmersas en nuestras agendas de adicciones personales, esas nos definen como un todo orgánicamente inconcluso y están en los espacios públicos del soberano devenir de Viña del Mar. 

Es una ciudad inequívocamente asumida como tal, tanto en la ínfima divagación cerebral de sus avenidas principales a través de sus hablantes ciudadanos, como una apuesta inclusiva para el ciclo sin fin.

Por eso mismo, a medida que pasaban los segundos, estar en esa ciudad era un pasaporte a un mundo repleto de supuestos callejeros sin acabar, vivimos enclaustrados en la tiranía de las costumbres impuestas por la civilización patriarcal de occidente, con sus historias sin rotular y de caminatas aleccionadas por esas avenidas principales por parte de los veraneantes, iba caminando hacia el norte cuando quise optar por observar esas adicciones callejeras que entrañaba esa ciudad. 

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



El cuento cómico de esas tensas calmas. Esa tensa calma para mantener acotado el caos surgido producto de reiteradas conversaciones del universo con las mutaciones aleatorias que surgen, a veces, solo existe para condimentar la conversación de ese personaje expansivo.

Se expande sin piedad, sin jamás dejarse engañar. Siempre existen novedades en el espectáculo avasallante de la vida, por ejemplo, surgió algo que permitió describir al cuento cómico. Vivir un par de días disfrutando de los quehaceres veraniegos de Occidente, la ciudad de Viña del Mar apreció su oportunidad.  

Era una nueva manera de cambiar la mirada. Una ciudad catalogada de ser el paradigma veraniego de nativos aburrimientos expuestos a través de repentinas callejeras y asombros hogareños. 

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Socializamos instantes veraniegos a diario al fragor de innumerables sucesos humanos dados a conocer por la vida misma, que nada es para siempre, porque las ferias artesanales aparecen al igual que a visceralidad misericordiosa del hoy, con unos cuantos pesos entregados por los consumidores, permites que la experiencia cotidiana de la ciudad en cuestión sea un tradición delirante de miradas humanas en busca de la evasión.

miércoles, 15 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Hablar de cuestiones educativas sobre el ciclo sin fin es azarosamente complejo cuando sigue el universo insiste en expandirse como lo hace la incertidumbre en nuestro libre albedrío. A partir de eso, insistir en crear inventivas humanas que desacralicen nuestros patéticos instantes anónimos, descúbrelos.

De la misma manera, que la vejez del Planeta Tierra asume su condición de posibilidad optimista, la vida hogareña del ciclo sin fin comparece ante su propia audacia, la capacidad de estar sumido en la soledad sempiterna que le corresponde, acudimos a la esperanza mutilada de los días que sufren, sin éticas humanas profesionalizadas por alguien.

Esa palabra asignada como “alguien” adquiere la terrible percepción de convertirnos en  frágiles fabuladores de un cuento cómico pero con un reparto mediocre, no siempre es necesario obtener ofrendas al respecto, ante todo, dicha palabra comparte innumerables situaciones históricas cuya capacidad del lenguaje humano queda sencillamente cesante.

En ocasiones, la cesantía progresiva de nuestro lenguaje, a medida que se desarrollan los roles fundacionales de ese reparto deplorable, solo eso, intentamos dejar huellas por medio de ese “alguien”, solo estamos buscando la trama de ese cuento cómico.



El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Sigue siendo un cuento cómico, paradójico y cierta adicción a buscar los entresijos de su mutilada diversidad existencial.

Un destello incesante de claridad explicativa nos otorga el silencio, cómo un genuino instrumento de narración inacabada, ayuda a rotular nuestra cargada tendencia a clasificar en términos binarios nuestra dinámica realidad psíquica, desde esa visión hegemónica, el ciclo sin fin puede impartir cátedra sobre esas cuestiones humanas, y con algo de autosuficiencia ideológica.

Ayuda a la vida misma con sus engendros ideológicos, surge como si nada hubiera sido premeditado, esa es la cuestión, en este caso, los humanos ni siquiera podrían explicar meridianamente bien, el sentido último del Festival de Viña del Mar.

Uno lo menciona solamente como ejemplo de aquello que jamás podremos explicar, por lo tanto, debemos incurrir en algo, hacer lo que se debe, sin miramientos antojadizos ni juiciosos espejismos valoricos.

Al fenómeno de la vida le parece que el Festival de Viña del Mar es un ámbito de relevancia ética, a niveles ínfimos de lo que instaura ese cuento cómico, es ante todo poco estético señalarlo. De todas formas, el universo negocia con Viña del Mar valiosas tonterías de indudable sucesión histórica. 

lunes, 13 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Tanto la moral como la religión son permanentes actores de un ritual institucionalizado, asumen su condición de actores escépticos ante el querer humano. Son monstruos narrativos que proponen modelos a seguir a su vez cooptan todo aquello cuya fragancia sea las cadenas de la mente, nos condicionamos ante el arsenal estandarizado de valoraciones éticas, así mismo, el ciclo sin fin continua avanzando hasta encontrar su gran legado.

El gran legado es una sutil ilusión que suscita experimentaciones audaces, actuar como si nada nos perteneciera, no obstante pasan cosas extrañas, hubo un cambio de año que nunca dijo nada, si es que podemos decirlo así,  una capacidad para dialogar sobre cuestiones humanas. Una dulce condena encarnado en un asombro de un ¡sorpréndete de vivir!

Así pues, cada una de las diversiones anónimas que proponía el ciclo sin fin, vida y muerte a su vez, con las cuales se convive, hubo una especie de emancipación mental tras percibir desde la vasta significación cósmica que entrañaba considerar extraños que somos al razonar conforme a esa moral y religión, se reduce a breves comentarios nuestra experimental existencia personal. 

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.




Esta vez, ojala haya una solución a medio terminar. Porque, a lo menos, requiere audacia y visión, poder comprender la naturaleza peculiar del sin ciclo sin fin. Dicho de otro modo, es una apertura a un entramado de impresiones fuertes con empresas humanas de significado compartido, en eso estamos.

Estamos ávidos por cambiar la audacia indesmentible del cambio como narración que promueve milagros inesperados, nos hace frágiles y endemoniados, sobre todo respecto a la conmoción llevadera de vivir en sociedad, pero jamás sabremos cómo verbalizarlo a nuestras masas hablantes, silencios en ese Planeta Tierra.  

Las masas hablantes acuden al experimento llamado vida para comprobar su locuaz legitimidad de ser, eso dicen, en algunas lugares palaciegos, meras mutaciones aletarorias, y con toda la comicidad exponencial que imp0lica eso, sin embargo nada es para siempre.  

Por esto mismo, el ciclo sin fin impone su ritmo musical, sin miedos preestablecidos ni prejuicios civilizatorios, solo diserta su realidad que negocia con la siniestra dulzura de los humanos cuando razonan. 

domingo, 12 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


Inesperadamente buscaba, cuando se acercaba el segundo transcurrido, valiosas tonterías me deparaban, las personas alrededor mío, creo saber que todavía estamos en democracia, por si alguien no está cómodo con eso, seguía cavilando esa situación repentina, vivía entre la aterradora idea de ser comida para los mitos del universo y redimirme ante el ciclo sin fin de la vida dejando una narrativa, sin embargo ese día estaba en mi casa.

Estar en mi casa era estar en la dimensión desconocida de los entresijos de mi subjetividad, una embelesada musa de impresiones fuertes, con la complicidad del calor desganado de Occidente, hubo importantes lugares sagrados en mi hogar, nunca lo supe antes, mis zapatillas cumplieron la misión de mantenerme adicto a lo que observaba.

Ayudaba a observar todo aquello, que sin motivo aparente, generaba inefables emociones hacia la dirección correcta del ventanal que miraba, el oriente era su cable a tierra, con el horizonte anónimo del árbol que cubría mis confesiones veraniegas, me aprisionaba con las cadenas silenciosas del tiempo cronológico, en cambio, cuando pasaba ese instante de intimidad hogareña, el ciclo sin fin continuaba con su gran legado. 


El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



El ciclo sin fin tiene su propio lenguaje para perpetrar situaciones humanas de confuso desarrollo histórico, la vida es una encerrona, con la complejidad del mundo real, incluso la política está determinada por los milagros inesperados de nuestro personaje principal. 


El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Cinismos en el Planeta Tierra. Alguien tendrá que saberlo. Con ello, una vorágine adquiere signos de ser verdad revelada. La vorágine humana que procede a cuestionar eso que llamamos año nuevo. Durante estos decadentes, veraniegos e implacables días de aquel año existían grados de realidad para supuestamente satisfacer los instantes vitales de cuanto día existió.

Siguen pasando los días. Estallan singulares formas humanas enmudecidas por el temor, miedo y fruición a interpretar esa épica de lo cotidiano que concluye en vivir perdidos en el año nuevo. Se celebró con Dios y el agnosticismo, no querían volverse tan locos, como entradas veraniegas situadas a una distancia simétrica de los rincones confusos con los cuales gozó el brindis.

Cierto goce ético prevalece en la resplandeciente humanidad mutilada a diario por los sucesos de flexibilidad interpretativa que confiere el ciclo sin fin de la vida.

Nosotros somos el mundo humano, por algunos momentos creemos saberlo, después  envejecemos con poca valoración veraniega, cuando hacemos de la vida misma, cuando permitimos entender el ciclo sin fin, como un indecible arte que describe el gran legado de chicos y grandes, mientras tanto, nuestras sinuosidades del día a día conforme a nuestras adicciones personales, persisten.

Persiste tal como nuestra vida, tan frágil como un segundo. Ocultamos nuestro verdadero terror sagrado, que el mejor invento de la vida ha sido la muerte, un “año nuevo”. Nunca más vuelven esas mismas fragilidades humanas, a lo más, se transforma en fabulas que se estrellan con el ciclo sin fin. 

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Tantas preguntas nacen cuando estamos ubicados en uno de los extremos de una de las miles de miles de galaxias para mirar perdidamente hacia la lejanía de las otras socializantes, salidas repentinas de otras galaxias disidentes.

Inspirador momento de observación durante algunos instantes. No era importante sermonear a ese día por lo que ofreció. Ofrece sus cinismos lucidos junto a éticas descriptivas haciéndose al andar. Convierten a nuestro humilde año, o sea, según el calendario gregoriano, sería el 2011, en un sequito de mutaciones aleatorias.

Somos mutaciones aleatorias cuando insinuamos controlar nuestras vías, con sus singularidades acuciantes, peculiaridades insignes, extrañezas repentinas, miserias contraculturales, indecibles temores e intimidantes demonios internos.

Lo somos, un latente estado de asombro generacional, sigue masificándose el universo mediante sus ecos que nunca volverán, no hay mucho margen de acción para solicitar respuestas a lo que acontece alrededor de nuestra atmosfera, solo se vislumbran comentarios de un sacrificio sin retorno, no existe el tiempo para explicarlo con mayor cinismo.  

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



El vacío ético del mes de Diciembre pasado, era de esperarse que pudiera ocurrir, sin embargo hubo que seguir adelante, espero contar con vida y muerte en mi vida, para entender los entresijos del Planeta Tierra a través del ciclo sin fin.

De alguna manera, una apasionada sensación de temeridad veraniega asumí al viajar al ocurrir planetario de mí haber cotidiano ¿Cómo encontrar esa verdad supuesta con la cual el ciclo sin fin de la vida pueda descubrir la realidad dinámica de los humanos al desarrollarse sin avisos previos? ¿Y si no la hay? ¿Observar el fenómeno de la vida a partir del año nuevo significa un entramado de verdades mutiladas de nunca acabar?



El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



No era más que un joven dispuesto a rebelarse ante el silencio ramplón camuflado en toda hora cronológica durante el transcurso vital de cualquier día en el ciclo sin fin. De repente, las voces alejadas del hoy automatizadas hacia otro espacio democratizador, hacer todo apurado con la velocidad que impone nuestra sociedad de las discordias compartidas y bipedismos solemnes.

Con un mes de Diciembre que ya pasó, aspirábamos a otros caminos de la vida, se acerca un fin declarado, no es necesario asumir que todo se sigue tras una razón conforme a la moral y religión, son pesares necesarios que mitigan el duro peso de estar incapacitados para descubrir cuáles son los oscuros móviles de nuestra conducta.

Irresolutos e inestables. Envejecemos para legitimar y verificar que el gran invento de la vida ha sido la muerte. Cuando estamos confrontados con la dinámica evolutiva del ciclo sin fin, y puede cambiarte radicalmente la vida, podemos estar habilitados.  Funciona como voz interior. Saberse un ínfimo espectador ensalzado por los derroteros inescrutables del incansable universo.

Por eso mismo, cuando evocó la importancia extraordinaria del universo como explicación cabal para entender la repentina aparición del Planeta Tierra como mero vacio ético relativo a ese juego paradójico denominado ser humano. 


El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



De ser mero divertimento ante el mosaico humano de imágenes paganas a divulgar el modelo a seguir, en esto, buscar alguna respuesta al sentido originario del ciclo sin fin, necesitaba asumirlo como algo misional, sin importar los costos personales y miedos descubiertos al fragor de este viaje sin retorno, no había caso, la política solo te permite ser cómplices denodados, temerarios personajes frente a una confusa realidad humana en perpetuo movimiento, no hay respuestas absolutas.

Ese espectáculo transcurrido, desde el origen del universo hasta la habitualidad del presente por parte de los humanos, no hacía otra cosa que explicar la razón profunda encarnada a través del ciclo sin fin, un sinuoso navegar por sucesivas divagaciones cotidianas durante este año nuevo que se entrevistó con nuestras mutiladas verdades y inconclusas voliciones, solo haciendo de las cosas sencillas algo indispensable, referido a lo mismo, habría una forma de ser ante ese protagonista principal, jamás tomarse demasiado en serio, y cuando alguna vez estemos al borde del abismo, ¡solo hazlo!. 





El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


Somos personajes principales a medida que enfrentamos una aventura despiadada  con las confundidas gentes que caminan deliberadamente hacia un viaje sin rumbo, estamos muriendo sin mayores problemas. No obstante, la vida humana ofrece sus escasos comentarios sobre espectáculos multitudinarios, el ciclo sin fin de la vida impone su protagonismo anónimo.

Con el protagonismo anónimo sin dotes oficiales, sin absolutismos religiosos. Solo fluye el rio fluyente del misterioso comportamiento que tenemos lo humanos para comprender el origen de la vida, ella misma tiene sus propias dotes oratorias, solo observando podemos ser adictos a la realidad, no subestimemos a los días que transcurren, un dialogo fugaz que se puede tener con lo que se nos aparece, como cualquier otro, pero todavía estamos incapacitados para descubrir cuál es el origen de la vida

Por ahora estamos en eso, sirve de alguna manera preguntarse preguntas sobre lo que encarna nuestro protagonista principal; ¿somos seres definidos por la agenda de adicciones personales  que a diario percibimos a través de la propuesta educativa del Planeta Tierra, estando viviendo cada día con lo inescrutable que deja traslucir el ciclo sin fin?



El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.




Espontáneas experiencias humanas acontecen interminablemente a medida que la edad del Planeta Tierra progresa con mayor vigor glamoroso. En cambio, sus compañeros de viaje, suelen actuar enigmáticamente.

Situaciones humanas que surgen sin mayor previas humanas. No es evidente apelar a esa rareza que prevalece. De todos modos, esa rareza nos conduce hacia otra dirección, no se si necesariamente a la correcta, pero por lo menos se aterra producto de su peculiar naturaleza.

No avisa. Solo apunta a protagonizar complejos valoricos de nunca acabar. Lo único que acaba es el tiempo, incluso no existe. Hemos estado al borde del abismo. Por ahora, el ciclo sin fin no esta exento de complejidades concretas. La complejidad del mundo real. 

El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.

 Esa misma conmoción del ciclo sin fin suscita propuestas indecorosas, regalar unos fugaces momentos de desaprensión ética y múltiples pesares generacionales, la genialidad de la propuesta estriba en su sempiterna capacidad de adaptabilidad ante lo que surgió.

Surgieron mamíferos de meridiana claridad biológica, cuyo domicilio permanente ha sido este Planeta Tierra con los efectos atmosféricos, cósmicos, volitivos, racionalistas, generacionales, poéticos, históricos y lúdicos del caso.

No existe alguien que pueda evitar el avasallador viaje del fenómeno de la vida, nos ha traído ciertas consecuencias humanas, con especial interés en la invención de artíficios conceptuales, muchos rituales institucionalizados por medio del sacrificio a divinidades suprasensibles, la indecible capacidad de perpetuación pluricelular, incluso relativizaban los dogmas religiosos de cómo vivir adecuadamente dependiendo del contexto sociocomunitario – Neolítico o Paleolítico- y cierta tendencia a la adaptación a diversas edades revolucionarias respecto a la matriz histórica de la misma.

El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Sin énfasis, habrá mayor glamour planetario. No obstante, el ciclo sin fin promueve negociaciones con la realidad humana en teatral movimiento, visión y juicio para este mes, circenses comportamientos de  esos personajes con sus épicas fisiológicas y ante todo dejar un gran legado, eso dicen.

El gran legado para veranos y otoños, esperando emanciparse de las incesantes corrientes volitivas del querer humano, a cualquier hora acontece, tanto en tiranías como en democracias se legitiman, sin embargo la dulce condena de nuestro libre albedrio, lo instaura como un zoológico de impresiones fuertes, esa es la cuestión.

El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 
Aparece como excusa aquel día, observa su ambiciosa adicción, contemplar los móviles estivales que enfrenta la vida humana, en cambio, la moral oficial decrece.

No hay porque temer al suceso consumado de Febrero, es el ciclo sin fin, que los humanos transformaran constantemente en “pie de página” cultural. Con ello, se acaba el ritual anunciado, la vida misma asume el rol preponderante de ansiosa herida, para nosotros, ese alguien, aporta formas cotidianas de temor sagrado, bañarse con agua helada en la ducha.

Vivir enamorados en la ducha es presenciar, en efecto, nuestra confusa realidad fisiológica que subsiste gracias a la atildada elaboración hecha por alguien, reconociendo que el cuerpo humano es una constelación de focos infecciosos y divertimentos inmunológicos. De la misma manera, esa realidad es el enigma de los enigmas para el lenguaje humano.

A veces el lenguaje nos depara valiosas tonterías, con la complicidad deliberada de este Febrero, cuyo reflejo humano radica en nunca darse por enterado, a saber, de la tiránica ideología del ciclo sin fin del fenómeno de la vida. En otras palabras, los paisajes veraniegos que configuran la lógica implacable de este Febrero, anuncian nuevas valiosas tonterías, pero sin énfasis.

El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.

 Profanos atardeceres proyectan al fenómeno de la vida esas raras excusas que cuestionan a alguien. Aquel personaje alberga tanto heroísmos anónimos como inquietudes sin nombres propios. Decirlo sería poco estético.

En realidad, lo único genuinamente bello es dedicarse al caos, ya tenemos suficiente con nuestra razón, con la complicidad desinteresada del Universo. A partir de eso, esos atardeceres están habilitados para ser mayor. Intenté ampliarlo hacia la confusa moral veraniega de Febrero 15.


El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


Por lo menos apelamos a la formulación de preguntas para poner en cuestión lo que somos tras infinitas modificaciones que han acaecido durante nuestra breve historia, ni aula magna ni calles pendencieras, han podido entenderlo.

Una respuesta de impertinentes consensos humanos, es la manera cómo enseñar un derrotero que prescinda del dogma,  adecuarse a la complejidad del mundo real, escuchar los susurros de la vida oficial que afectan a los pasajeros, un cambio constante que nuestro año nuevo captó.

El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



 Solo queda rezar a alguien, verbalizarlo significaría perder la lucidez cínica que hemos tenido los humanos para intuir, a veces, el ceremonial cósmico de convertir en indispensables las cosas sencillas. En eso, el fenómeno de la vida a través del ciclo sin fin, ha hecho muy bien el trabajo.

El ciclo sin fin

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


 Esa es la cuestión, la vida es la única que puede conocer a la vida, tiene grandes inventos y elocuentes misterios, de vez en cuando, surgen espejismos engañosos muy bien asumidos por los humanos, perpetrar civilizaciones al fragor de sanguinarias muestras de cooptar la complejidad del mundo real. Aun cuando lo real es algo inescrutable, todavía lo es.

Lo es. Cuando el ciclo sin fin apela a sus deliberados encuentros con el Universo, expandirse inexorablemente hacia impulsos indecibles, los ecos ideológicos que jamás permitirán que lo descubramos, surgen interesantes sucesos planetarios, la maravillosa espiritualidad del fenómeno.

En diversas épocas históricas, la espiritualidad del fenómeno de la vida progresa asimismo como lo hacen los pesares en nuestras singulares existencias.

jueves, 9 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Aquel ritual anunciado. No sabemos cómo responder a esa propuesta educativa del ciclo sin fin. Debemos buscar nuestro gran legado. Si es legitimo decirlo, asumo ese elemento de juicio arbitrario, los limites de nuestra actuación teatral para describir la existencia concreta de ciclo sin fin, de un instante a otro, puede ser durante la asunción de un año nuevo, desde el día al mundo que llegamos, aparece el vigor épico de la complejidad del mundo real, se convierte en algo patético cuando creemos creer que somos seres racionales. 

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


Decir que somos seres racionales es absolutamente pretencioso, patético y delirante para lo que surge en este nuevo ciclo sin fin, después de cada muerte simbólica de los días, a pesar que siempre ha sido de una cierta manera, solo continua, sin las estridencias mediáticas de un año nuevo. Se abre un pesimismo esperanzador, no hay milagros para seductores para este mes que pasó.

Pasó como alguien que existió sin dejar huellas, por lo menos algo aso ocurre en nuestro país, no es menos cierto que el calor humano del denominado año nuevo implicaba estar alternando la vil degradación de querer pensarlo todo y la audacia de la esperanza de pasar pacientemente por estos minutos estivales a su vez las conciencias individuales de esos humanos iban dudando de sus propias apuestas habituales, darse cuenta.

Darse cuenta. Era la apuesta que habría que tener para comprender la práctica habitual del ciclo sin fin de la vida. Además, cualquier experiencia humana sirve para aderezar ese fenómeno histórico con efectos planetarios, vivir en sociedad, una locuaz irracionalidad atenuada por los muros oficiales de la moral y la religión. 



miércoles, 8 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Se sigue avanzando. Para cualquier día será lo mismo. Aunque usamos el lenguaje para dejar huellas. Las huellas cuya génesis está en saber adecuarse a esos días que fluyen ambiciosamente con la complicidad del duro peso de los días, la vida es una encerrona. Un callejón sin salida, seguirán siendo los días espejismos engañosos de un ritual anunciado.

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Es mi vida, es mi representación de la realidad estival. Gracias. Agradeciendo a la biología de la vida con sus brevedades históricas. A lo sumo, junto a ella, compartiendo esos instantes de fecunda conmoción psíquica, es el árbol de la vida del ciclo sin fin.

Describirlo a través de los minutos estimados para llegar a saber quiénes somos, eso, en estos tiempos históricos actúale, impone un aspecto de creatividad de irrealidad indesmentible. Pero sigue corriendo el reloj cronológico.

Seguimos viviendo a pesar de las calamidades irónicas del ciclo sin fin. Para poder entender la secuela de imprevistos domésticos que instaura la naturaleza, a lo menos, durante los segundos oficiales que contiene la historia del Planeta Tierra. Esa es la cuestión, es poner orden.

Dentro de la inestabilidad vertiginosa de nuestra galaxia. Por eso mismo, una ráfaga de curiosidad exasperante convoca a los complejos culturales que yacen momentáneamente en cada realidad humana veraniega, este estado de cosas ayuda a mantenernos a flote, porque el ciclo sigue su evolución hacia algo que llegó a su fin.

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.




La sinceridad acuciante de las rutinas cotidianas correspondientes a los propósitos vitales del ciclo sin fin. Con la vida humana, historias cautivas de consecuencias humanas y las hojas de otoño que caen sin ser vistas por los tiempos históricos actuales, hemos presenciado a este mes. Por simple casualidad.  

Una dimensión genuinamente mundana entre la voluntad de vivir de un mes cualquiera y la inclinación caótica de sus días para amenizar decesos planetarios encadenadas al revolucionario querer humano. No es menor lo que se está diciendo.

 Hay una búsqueda incesante, ahora mismo, de millones de realidades que en verdad no lo son, son retos semánticos que atañen a un simbólico proyecto de fuentes dispensadoras de sentido, el no tenerlo.

Para esto, la necesidad humana de confrontarse ante la fragilidad galopante de los minutos que transcurren durante un trayecto hacia las cadenas sinuosas de la subjetividad veraniega en este Planeta Tierra, significa asociar lo pasajero de vivir sorprendidos en el año nuevo y los milagros inesperados de cualquier hábito conformado por aderezos existenciales hechos realidad por esos días mencionados.



El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Prosigue las endorfinas de nuestro amor por el ciclo sin fin, no sé si de todos aquellos que viven acá, pero por lo menos se actúa ahora viviendo la agenda hegemónica de un mes que acabó hace poco, su nombre es Diciembre. Es el aquí y el ahora de los viajes conmovedores a través de día a día del ciclo sin fin.

La indómita luz veraniega que emerge tras el cambio de año, no hay duda alguna, que alguien tiene que ceder para poder explicar los desencantos ciudadanos del ciclo sin fin, poco estético resulta decirlo por de obviedades tercermundistas o delirios transeúntes.

Para elaborar una dedicación exclusiva al caos, es comprender, inexorablemente, las aventuras desquiciantes de un día cualquiera, ya que, el ciclo sin fin de la vida comparece ante nosotros, sin mayores estridencias mediáticas ni efusiones valoricas.

Ante esta situación de ordinariez de lo extraordinario, significa vivir al límite de las posibilidades humanas cuando estamos existiendo, las genuinas instancias a la vez que las observamos a cada rato.

Son esas indecibles experiencias libertarias, cadenciosas y rítmicamente silenciosas. Un ciclo sin fin de la vida que refleja bellezas no estandarizadas, que va más allá de lo obvio, sentir la voz interior de los días en aquel fenómeno cósmico, nada es para siempre. 

El ciclo sin fin

después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Es un juego de divertimentos peligrosos observar las percepciones impresas de los humanos, inventamos conmemoraciones sobre el año nuevo para anestesiar su tensa calma aspiracional, a pesar que jamás dejamos agonizar, al cabalgar por cada una de las experiencias personales que les toca protagonizar, en este ciclo sin fin, no sabemos si volveremos a ver a la realidad con otros ojos veraniegos. Por lo menos, pensar diferente dulcifica a ese ciclo sin fin. 



El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Decir que somos seres racionales es absolutamente pretencioso, patético y delirante para lo que surge en este nuevo ciclo sin fin, después de cada muerte simbólica de los días, a pesar que siempre ha sido de una cierta manera, solo continua, sin las estridencias mediáticas de un año nuevo. Se abre un pesimismo esperanzador, no hay milagros para seductores para este mes que pasó.

Pasó como alguien que existió sin dejar huellas, por lo menos algo aso ocurre en nuestro país, no es menos cierto que el calor humano del denominado año nuevo implicaba estar alternando la vil degradación de querer pensarlo todo y la audacia de la esperanza de pasar pacientemente por estos minutos estivales a su vez las conciencias individuales de esos humanos iban dudando de sus propias apuestas habituales, darse cuenta.

Darse cuenta. Era la apuesta que habría que tener para comprender la práctica habitual del ciclo sin fin de la vida. Además, cualquier experiencia humana sirve para aderezar ese fenómeno histórico con efectos planetarios, vivir en sociedad, una locuaz irracionalidad atenuada por los muros oficiales de la moral y la religión. 

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Días de un Enero aparecido, digámoslo, así es como suceden decesos humanos alrededor de ese día. Como a todos, seamos consecuentes con lo que observamos. 

Revive el verano, un fenómeno de la vida planetaria, con la experiencia masiva del ciclo sin fin, como una verdad mutilada.

La verdad mutilada de creerse demasiado importante para el ciclo sin fin, al fin y al cabo, bailamos, no de manera muy convincente, hacia el terrenal acontecimiento soberano, comprender la génesis misma de lo que somos al usar el lenguaje tras un nuevo año, si es que podemos mencionarlo así.

Una sensación de resignación alberga estar en un mes llamado Enero, porque sabemos nadar sobre lugares sagrados para el ciclo sin fin, el interminable bosquejo de sucesos civilizatorios, con la audaz esperanza de tolerar el regalo inesperado impuesto por la vida misma, perpetuar la especie como algo superior. Son espasmos de nunca acabar que afectan, a grandes y a chicos.

Un espiral de eventos vertiginosos al fragor de un épico comentario de la vida humana, negociamos con la realidad en perpetuo movimiento, envejecemos para quedarnos asombrados, intentamos perpetrar un horizonte de sentido sin ambiciones estandarizadas. 

lunes, 6 de febrero de 2012

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


Recordar mundos paralelos sobre la vida que surge tras la convivencia de grandes y chicos, una empresa de aprendizajes compartidos, un manojo de contradicciones valoricas, aspiramos a construir senderos que permitan aclarar la mutilada verdad que obsequia cada día correspondiente a un año, y, eso, conmueve a alguien ¿que es un año en comparación al ciclo sin fin?

Entonces, podemos arriesgarnos, es una locura verbalizar el fenómeno de la corriente del tiempo, incluso estando desde dentro de la épica experiencia de estar viviendo en sociedad, somos culpables o no, de interpretar el significado que entraña el ciclo sin fin, en vez de eso, podríamos señalar que no tiene significado.

De pronto tenemos tantos problemas que solucionar, cabe la posibilidad que no exista el significado, solo es, pero con eso estaríamos cuestionando profundamente siglos de negociaciones históricas y de cinismos milenarios.

A pesar de todo esto, comprender el ciclo sin fin conduce a mirar más allá de la clasificación binaria que hacemos de la realidad, insuperable e inefable, ir adosadas a formas narrativamente adecuadas a esas singularidades que colorean al ciclo sin fin, que nada es para siempre a medida que somos seres dados, a fin de cuentas, a dar palos de ciego cuando se trata de darle un sentido a lo que hacemos.

Hemos de mencionar que la vida humana continua, envejecen los momentos tutelares del ciclo sin fin, todo lo que desempeñamos durante nuestra oficialidad planetaria, desde nacer hasta morir como si fuéramos maravillas pluricelulares, no lo sabemos, en definitiva, tenemos la corrosiva ilusión de jamás darnos por enterados, aun así habrá cambios de mando en mi país.

Incluso, esas personas que olvidan su gran legado, una absurda herida que anida en sus dimensiones espacio-temporales, la intersubjetividad a medida que se desarrolla a través del lenguaje, así y todo, condicionamos nuestro ciclo sin fin, se convierte en un campo minado de posibilidades desperdiciadas, nuestra vida aparece como un pie de página respecto al susurro ideológico del Universo.

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



 Hará develar la cuestión veraniega del ciclo son fin. Por lo que, en esta ocasión, la vida humana, sumida en cuestionables entrevistas periodísticas, los siglos de la historia misma, presupone algo, enamorarse de la realidad suscribe un acto de locura.

Enamorarse de la realidad caótica, que a diario las contingencias humanas, sean de carne y hueso o de pasiones y teorías, vislumbra una respetable admiración respecto a lo que formamos parte. Sin más que decir, el ciclo sin fin, bebe de los silencios sugerentes del hoy, porque el hoy es una ficción muy difundida por medio de las estadísticas estandarizadas.

 El género humano, miles de miles de millones de mamíferos que buscan su identidad narrativa a medida que transcurren los instantes veraniegos del ciclo sin fin, un papel ideológico cumple. No se busca, llega para quedarse.  

Luego, llega para quedarse y suceden dulces condenas. Vivir encadenados en el Planeta Tierra sujetos a peligrosas experiencias con personajes de sugerente divinidad inconmovible, ser padres y madres de una misma dulce condena. 

El ciclo sin fin

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.




Espeluznantes momentos veraniegos acechan a los diálogos repentinos existentes entre la naturaleza y el universo, mucho de sencillez aparece en el ciclo sin fin, cuando miramos alrededor, días y raros días de interesante sorpresa. En principio, inaugurado por un año nuevo.

Continuarán. Es un ritual institucionalizado que proyecta innumerables instantes de soberana valoración veraniega, eso dicen.

Dicen para poner coto a eso. No obstante este estado de cosas, hablar del ciclo sin fin es hablar de la dimensión desconocida de Occidente, ya que, invariablemente, ha jugado con la visión soberana de que somos animales extraños en busca de un sentido absoluto. 

No lo hay, según el ciclo de la vida. Sin embargo, algo ayuda. Ayuda a esta soberana aventura la expresión humana de la servidumbre cuestionada hacia el libre albedrio.