Enamorado de la vida

Enamorado de la vida
Acontece

domingo, 30 de octubre de 2011

Educacion Publica

Despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


La pregunta apunta a esclarecer una problemática común a toda la especie humana, qué duda cabe, prisionera de los intentos de respuesta, sobre esa violencia que funda otra realidad. En verdad, no lo sabemos. Sin embargo, hacemos como si estuviéramos enterados de lo que acontece a toda la especie humana, la muerte.

La muerte actúa como excusa perfecta para fomentar la eclosión de diversas teorías filosóficas que buscan problematizar y conceptualizar su lugar dentro del fenómeno de la vida humana. Apunta a valorar el significado antropológico-ontológico de la muerte como tal.

Así es como la muerte perpetra, simboliza y representa un estado de cosas en virtud de la cual la vida humana se ve envuelta en un entramado de situaciones límites; en aspectos abismales de su ocurrir cotidiano: violencia, lo sagrado, sufrimiento y la aniquilación de todo ser.

Ahora bien, esta elucubración teorética hecha realidad conceptual por parte de los mismos seres humanos, adquiere una matriz histórica, dependiendo del contexto cultural al cual se pertenezca. Pertenece al ámbito de relevancia societal de las relaciones humanas, en este caso, condicionado al umbral de socialización consciente entre ellos, es decir, lograr hacer de ese ámbito un ritual que institucionaliza la violencia.

Esa pertenencia se valoriza, aun más, cuando estamos en presencia de la violencia como vinculo necesario con lo sagrado. Porque lo sagrado estructura un lenguaje simbólico que propone para explicar el sentido de la muerte como acontecimiento fundador.

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Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.




La violencia, la crisis sacrificial y la víctima propiciatoria son rasgos estructurales que ordenan la singularidad personal de los humanos ante situaciones límites como la muerte, vejez y enfermedad. Pero convergen en algo indubitable, que nos resulta ignoto, lo sagrado.

Esta palabra expresa una mirada desoladora de la existencia humana ante lo enigmático de lo sagrado. Nada más enigmático que poder entender conocer los entresijos de la subjetividad humana.

Sugiere otra mirada al problema a este suceso mítico. Han sido innumerables los milenios en intentar desentrañar las manifestaciones humanas sobre la dimensión sufriente de la vida en sociedad.

Ahora bien, aludir a esos términos, es solo mencionar un cierto estado de cosas, que permita escudriñar los móviles de la violencia. Un intimidante fenómeno psicosocial que perpetra realidades que evolucionan a medida que se construye la civilización.

Constatan la evolución inexorable de los momentos culturales, que yacen a medida que los humanos confrontan sus miedos y los mutan en juegos paradójicos de socialización gregaria, dándole forma a una cierto culto sacrificial, hacer de la experiencia del ensayo y error, vivir en sociedad, un cuestionamiento a los orígenes del edificio cultural de Occidente.

Vivir en sociedad es escapar a la violencia. Pero escapar implica reconocer nuestra ignorancia ante lo que somos, simples organismos pluricelulares que perpetuán momentos histórico-culturales.

Entender el problema de la violencia es entender sus problematizaciones que surgen al aplicarlo a la realidad misma de lo socializado, en suma esencia, permea nuestras verdades que han cimentado nuestro proyecto. Pero este proyecto integra las luces y sombras de un ritual olvidado, superarse ante encontrar la violencia fundadora ¿acaso la resiliencia será una especie de violencia fundadora?

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Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.




Ampliar la perspectiva sobre la crisis sacrificial, intentar que la violencia sea descrita como permanente estado de tensa calma, que perpetra nuestra civilización, por eso mismo, aparece el arquetipo religioso de la víctima propiciatoria como una evolución en la cadena del querer humano.

Ante todo estamos encadenados a las cadenas del querer, sumidos en el espacio público de lo socializado, por ejemplo, las relaciones de poder y de manipulación confrontadas en el mito de Edipo que configuraban un panorama de decadencia del orden cultural, pero esa barrera infranqueable, aporta un interesante relato, cuando describe la realidad humana en perpetuo conflicto como la sacralización del acontecimiento fundador. Entonces, el acontecimiento fundador provoca que la violencia sea un planteamiento que confronta a la sensibilidad con la racionalidad.

Buscando un sentido al ilimitado numero de rituales que estructuran una mirada patriarcal sobre la realidad, aquella de la cual disemina un campo minado de indecibles narraciones extraordinarias, que afecta la razón de ser que tendría el ser humano ante sus propios miedos. Esos miedos que describen descarnadamente la ingenua puesta en marcha de las expectativas que tienen los humanos ante la vida oficial que constata la crisis sacrificial.

Todo ritual emancipa, de alguna manera, la pesada carga que tiene un ser humano al confrontarse con sus “demonios internos”, de manera tal, puede que sea necesario, de vez en cuando, acudir a un remedio que gradualmente imponga un sentido de responsabilidad a precaria armonía, la víctima propiciatoria.

La emergencia de la víctima propiciatoria constata la importancia de lo sagrado como experiencia de lo social.

Si el engendramiento mismo de lo sagrado, la trascendencia que lo caracteriza, procede de la unanimidad violenta, de la unidad social hecha o rehecha en la expulsión de la víctima propiciatoria.

La víctima propiciatoria refleja el carácter dinámico de lo sagrado. Su origen mismo radica en la insuficiente capacidad humana para comprender la incesante corriente existencial del sufrimiento humano, su sentido originario ante lo que acontece. Se vincula con el orden cultural al que se pertenece.

De de vez en cuando, la interpretación de lo sagrado, adquiere otras motivaciones nunca vinculadas con el problema en cuestión, la violencia y su dimensión resiliente, desde ciertas perspectivas de valoración narrativa, o la tragedia o el mito, puede enriquecer alimentar gradualmente la experiencia culmine de la víctima propiciatoria, mantener un frágil equilibrio entre la identidad del bien y el mal.

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Durante, ese periodo de crisis, se manifiesta la trascendencia de lo sagrado como relato anónimo de fuerzas superiores que superan la realidad oficial del pensamiento moderno, la racionalidad occidental. Sin embargo, el papel jugado por la victima Edipo y la víctima propiciatoria apunta a entender su proceso.

No basta con decir que la víctima propiciatoria simboliza el paso de la violencia reciproca y destructora a la unanimidad fundadora; es la que garantiza el paso y coincide con él.

Hablar de la víctima propiciatoria es hablar de la finita capacidad de comprensión para entender el sentido existencia humana inmersa en la constante antropológica del sufrimiento que emana producto de nuestra incapacidad para ver. Ver la creencia corrosiva del querer humano, se manifiesta en las diversas formas de mitigación sacrificial que se crean cuyo propósito es lograr la tensa calma, nos encadenamos a los ritos y rituales como forma de eludir nuestra soledad. Esa soledad que por medio de la violencia de lo sagrado convierte al protagonista en constante experimentación simbólica.

Si es así como buscamos encontrar formas de inmortalidad intramundana, el paso de la violencia reciproca a la unanimidad fundadora, vivir en sociedad se convertirá en una forma sofisticada de represión. Toca el ámbito de relevancia ética de la tragedia, el destino del sufrimiento como motor de conflicto.

Con esto, el mito de Edipo tiene su propuesta ética, siendo un hijo parricida e incestuoso, influye como discurso hegemónico ante lo fundacional de la víctima propiciatoria, vislumbrar al sufrimiento como algo narrado por el protagonista. La víctima propiciatoria disimula a los hombres la verdad de su violencia.

Hay otros temas que también podrían contribuir a disimular la crisis sacrificial, y su resolución violenta: el tema de la salvación colectiva, por ejemplo, obtenido del dios o del dominio al precio de una víctima propia, el tema del inocente, o del culpable, arrojado como pasto a la ferocidad del monstruo del diablo, entregado a su venganza, o, al contrario, a su exigencia de justicia.

Si bien a diario estamos coexistiendo con la crisis sacrificial, esto es, una latente caída al abismo, no saber quiénes somos, en situaciones extremas donde nadie escucha a nadie, desde aquello, la víctima propiciatoria transforma su génesis fundacional en un latente estado de frágil equilibrio societal.

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Eso es lo que surge de la víctima propiciatoria, entender con amplitud psicológica, la fuerza desmedida de su misterio cuyo enigma humano no deja mucho lugar a la estructurada racionalidad occidental. Por eso mismo, se convierte en la excusa perfecta para comprender lo relativo al sufrimiento humano.

En el momento supremo de la crisis, cuando la violencia reciproca, llegada al paroxismo, se transforma de repente en unanimidad pacificadora, las dos caras de la violencia parecen yuxtapuestas: los extremos se tocan. Esta metamorfosis tiene a la víctima propiciatoria por pivote. Así, pues, esta victima parece congregar en su persona los aspectos más maléficos y más benéficos de la violencia.

Toda crisis es un campo minado de luchas valoricas que representan el desarrollo evolutivo de la condición humana en ciertos contextos culturales. Por ejemplo, acudir al ámbito de relevancia trágica, el mito de Edipo, permite tener una aproximación preliminar al recurso inconmensurable de la violencia, ejerce un precario equilibrio en la dimensión intersubjetiva de las relaciones humanas.

Comprender las relaciones humanas, con su derroteros de inexpresables voliciones y racionalidades estructurantes, consume la mayor parte de la vida en sociedad, incluso, este horizonte de sentido estandarizado, aporta una especie de espejismo sobre un cabal conocimiento de lo que implica la violencia.

Con ello, la reciprocidad violenta que encarna la simetría conflictiva de los personajes en lucha, la fuerza inexorable de la trama impone una estrategia de socialización, por ejemplo, acá, lo desempeña la unanimidad pacificadora de los protagonistas.

Esa misma situación de hecho, a saber, la unanimidad pacificadora, la mutación de los valores trágicos en la entronización de la víctima propiciatoria como explicación cabal sobre lo que acontece en la violencia. Dentro de las cuales, la violencia, a través de los aspectos malignos y benignos que protagonizan los humanos, dibuja las ambigüedades siniestras de la crisis, se logra la tensa calma.

Lograr la tensa calma por medio de la problematización de la violencia como argumento necesario para entender el rol catártico que entraña la victima propiciatoria, es atendible realizarlo.


sábado, 29 de octubre de 2011

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Fundadora de una nueva verdad, el sentido de sufrimiento en la singularidad del individuo acusado, con la cual se tiene la unanimidad acuciante de la comunidad afectada, ellos y nosotros, asumen el imperativo ético de enfocarse en un solo protagonista, lo cual, genera el lugar apropiado para un acontecimiento fundador, él.

Al mito de Edipo como experiencia concreta de esa unanimidad que suscita, desarrolla una evolutiva narración hacia ese acontecimiento. Funda una manera de gobernar, en ese contexto trágico, nuestra subjetividad. De manera tal, que con la puesta en marcha de un acontecimiento fundador, perpetuando las instancias de evasión, desde la interpretación que se hace de esa unanimidad, la vida humana del mito de Edipo adquiere otros ribetes hermenéuticos. Por lo demás, aquel mito produce una radicalidad en la forma de acceder a preguntas y respuestas, sobre todo, tratándose de la dimensión sufriente que implica encarnar en él, la virtud sagrada de la violencia fundadora.

Por lo que, el mito de Edipo asume una supuesta culpa que no le corresponde, instituye una experiencia viviente de lo sagrado, dejar que fluya la violencia, sin mayores ambiciones y prejuicios.

Sin embargo, para el pensamiento moderno, lo ha convertido en una especie de monologo de lo narrado, por cierto, a vista de lo mencionado, desde la víctima propiciatoria, con sus dogmas fundacionales relativo al sufrimiento humano, este civilización occidental produce sus propios engendros ideológicos sobre el origen del mito de Edipo.

Hacemos del mito de Edipo un lugar sagrado para conciliar ambas perspectivas, los miembros de las sociedades primitivas y las sociedades modernas, al mismo tiempo, lo entroncamos con la creación simbólica-antropológica de la víctima propiciatoria.

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La violencia humana siempre esta planteada como exterior al hombre; y ello se debe a que se funde y se confunde con lo sagrado, con las fuerzas que pesan realmente sobre el hombre, desde fuera, la muerte, la enfermedad, los fenómenos naturales.

No es menor el factor gravitante de lo sagrado, con esto, dimensiona la importancia de la realidad del mundo exterior, las calamidades de la existencia humana, lo cual, motiva a cuestionarse el alcance y sentido de la crisis sacrificial ¿Cómo comprender la violencia en el ámbito de las fuerzas exteriores e interiores que alimentan la existencia individual de los humanos a medida que la crisis sacrificial persiste en su papel ideológico?

Se convierte aquel instante de renovación dialógica entre lo es y lo que debería ser, ante esta situación, la comunidad actúa como el destinador que encuentra en aquel mito su chivo expiatorio. El parricidio y el incesto procuran a la comunidad exactamente lo que necesitan para borrar la crisis sacrificial.

La víctima propiciatoria desempeña en el plano de lo colectivo el papel de aquel objeto que los chamanes pretenden extraer del cuerpo de sus enfermos y que presentan a continuación como la causa de todo el mal.

Esta singular forma de control social, la víctima propiciatoria, entrega una respuesta a la conducta asumida por los humanos con el objeto de concentrar tanto su racionalidad y visceralidad en un individuo concreto.

Puede darse cuenta, la comunidad en sus conjunto, tanto los unos como los otros, con sus afirmaciones y negaciones perpetradas como consecuencia de la insensatez de moralizar el problema de los problemas que acusa la modernidad, la violencia.

Y siempre, eso sí, desde realidad singular del individuo acusado. Luego, este individuo es el paladín de la culpa como móvil catártico. Pero trae otras consecuencias.

El autentico objeto del anatema no es Edipo, que no es más que un tema entre otros, sino que es la propia unanimidad que, para no dejar de ser eficaz, debe protegida de todo contacto, de toda mirada, de toda manipulación. Este anatema sigue perpetuándose en nuestros días, bajo la forma del olvido, de la indiferencia que inspira la violencia colectiva, de su presunta insignificancia en el mismo lugar donde es percibida.

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Persuadidos como estamos que el saber siempre es algo bueno, solo concedemos una importancia mínima, cuando no nula, a un mecanismo de víctima propiciatoria, que disimula a los hombres la verdad de su violencia. Este optimismo podría constituir perfectamente la peor de las ignorancias.

Disimular ante todo para vivir intensamente este experimento llamado vida humana.

Acá, en los contornos del relato de la violencia, desde opiniones antojadizas hasta mitos fundacionales sobre supuestos humanos que la vivencia, la carga milenaria de la victima propiciatoria incurre en un nuevo relato, mitigar la inestabilidad acuciante de los humanos para entender las tierras vírgenes de su subjetividad.

Evoca, la subjetividad humana inmersa en la sociedad, con la experiencia concreta de la victima propiciatoria, diluye las verdades oficiales de lo bueno y de lo malo, si es que las hubo, entonces convierte a ese optimismo en un pesimismo bien informado.

Con esto, podemos lograr un propósito fundamental. Un propósito que dignifica la humanidad inescrutable al confrontarnos con la violencia. Es el aspecto esencial para comprender las sinuosidades de la violencia, se hace necesaria un cambio de mirada a lo que representa la violencia, lo sagrado como la manifestación misma de la tensa calma.

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Resulta aclaradora la situación personal del protagonista y a su vez como se va desarrollando su violencia encarnada, en las percepciones humanas, en ese entonces, que dejan entrever solo a él como el gran culpable de las atrocidades de la polis.

Para liberar a toda la ciudad de la responsabilidad que pesa sobre ella, para hacer de la crisis sacrificial la peste vaciándola de su violencia, hay que conseguir transferir esta violencia sobre Edipo, o más generalmente sobre un individuo único.

Esa es la cuestión. Vaciándonos de la corrompida violencia de la crisis sacrificial, hacerla catártica en alguien, se concentra en la conciencia individual de Edipo la violencia, pero es una violencia que necesita de alguien para purificar los desmadres narrativos, identitarias, societales, culturales y sociales, que ejerce la ciudad. La ciudad como dimensión resiliente, lo cual, implica una nueva forma de gobernar la crisis sacrificial, nos llevara a otra concepción.

Allí donde unos instantes antes había mil conflictos particulares, mil parejas de hermanos enemigos aisladas entre sí, existe de nuevo una comunidad, enteramente unánime en el odio que le inspira uno solo de sus miembros.

Todos los rencores dispersos en mil individuos diferentes, todos los odios divergentes, convergerán a partir de ahora en un individuo único, la víctima propiciatoria.

Una experiencia aclaratoria, es lo que nos obsequia a diario la crisis sacrifical, a medida que los seres humanos comparten empresas de complicidad gregaria, se incurre en un “contrato social”, sociedades abiertas al dialogo con la tradición y la modernidad, un entramado de enemigos íntimos surgen entre todos los miembros de una sociedad humana, aparece el conflicto.

Pero el conflicto implica la vanguardia inconclusa de cualquier crisis sacrificial, aunque concentrarse en alguien para lograr hacer tolerable el conflicto es bastante tentador. De algún modo lo hacemos con el objeto de soportar ese ceremonial de sagradas verdades. Se hace uso de ese criterio para atenuar el duro peso de la realidad. Para eso, esta la victima propiciatoria.

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Como se ve, el parricidio y el incesto solo adquieren su autentico sentido en el seno de la crisis sacrificial y en relación a ella. Pone entredicho la supuesta diferenciación conflictiva que debe haber en una empresa humana como la de formar sociedad.

Emana de ese vínculo algo demencial. Un aspecto demencial de la crisis sacrifical, que lo sagrado compromete la dimensión espacio-temporal de cómo construir civilización, a saber, entroncada con la estructura patriarcal de la racionalidad occidental, y, absoluta incapacidad de la misma para vislumbrar la crisis sacrificial como el mito fundacional de cualquier sociedad humana que se precie como tal.

Así, pues, el parricidio y el incesto desempeñan en el mito de Edipo exactamente el mismo papel que los restantes motivos míticos y rituales ya considerados en los capítulos anteriores. Disfrazan la crisis sacrificial mucho más que la designan. Es cierto que expresan la reciprocidad y la identidad violenta, pero bajo una forma tan extrema que horroriza, y para convertirla en el monopolio exclusivo de un individuo concreto .

Tanto el parricidio como el incesto se acogen al pavor degradante de cierta reciprocidad arrebatadora que considera a la singularidad del individuo concreto como la encarnación misma de la crisis sacrificial. A partir del mito, hay esferas de aprendizaje significativo de la crisis sacrificial.

Toda elaboración mítica se reduce a un desplazamiento de la indiferenciación violenta que abandona a los tebanos para concentrarse por completo en la persona de Edipo.

Así, pues, la persona de Edipo convierte su legado mítico, en una esperanza radical, transformándose como si fuera una especie de ritual catártico, para entender la dimensión resiliente de la crisis sacrificial, o sea, enfatizando su singularidad trágica aportamos a la riqueza interpretativa de la indiferenciación violenta.

El mito sustituye la violencia reciproca esparcida por doquier con la transgresión formidable de un individuo único. Edipo no es culpable en sentido moderno, sino que es responsable de las desdichas de la ciudad.

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Cada cual se ve en el otro al usurpador de una legitimidad que cree defender y que no cesa de debilitar. No se puede afirmar o negar inmediatamente del otro. Se vive precariamente en un equilibrio que deja sus huellas de nacimiento. Esas huellas a cada instante representan el lugar que le corresponde a la violencia en el sufrimiento humano. A cada instante, la reciprocidad se alimenta de los esfuerzos de cada cual por destruirla.

Hacemos de la reciprocidad violenta una experiencia límite entre personajes que creen creer que se legitiman. Pero persisten en esa simetría que los corroe. Sin embargo, para el mito existe una solución que simboliza el problema de la diferencia. Propone su respuesta al respecto.

Si bien el mito no resuelve explícitamente el problema de la diferencia, lo resuelve de manera tan brutal como formal. Esta solución es el parricidio y el incesto.

Surgen actos humanos que, a fin de cuentas, ocurren en la polis, que sacralizan la diferencia fundamental, la carencia de jerarquías valoricas para distinguir lo bueno de lo malo. Más aun, expresado en el Mito de Edipo, persiste ese estado de cosas que erige al protagonista como paradigma de un ritual anunciado.

Hay que volver una vez más a los crímenes del hijo de Layo. Es exactamente lo mismo ser regicida en el orden de la polis que ser parricida en el orden de la familia.

Tanto en un caso como en otro, el culpable transgrede la diferencia más fundamental, más elemental, más imprescriptible. Se convierte literalmente, en el asesino de la diferencia.

Al ser asesino de la diferencia, el personaje adquiere un discurso hegemónico con la cual pone en cuestión al orden cultural existente. Deriva a un cierto estado transgresor con respecto a los ritos y sacrificios que se convierte en ese proceso de nunca acabar. Parricidio e incesto implica un proceso de indiferenciación violenta.

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Siempre nos encontramos, a decir verdad, con una alternativa de serenidad y cólera. La única diferencia entre Edipo y sus adversarios consiste en que Edipo es el primero en entrar en juego, en el plano escénico de la tragedia.

En este plano escénico de la tragedia constantemente se está viviendo a diario cuando nos atamos a las cadenas del querer. Un monstruo civilizatorio que subyace a la crisis sacrificial que llevamos, desde culturas milenarias a sociedades contemporáneas, por el hecho de intentar explicar esa violencia que asombra.

Cada cual al comienzo, se cree capaz de dominar la violencia, pero es la violencia la que domina sucesivamente a todos los protagonistas, metiéndoles a pesar suyo en un juego, el de la reciprocidad violenta, al cual siempre creen escapar por el hecho de que toman por permanente y esencial una exterioridad accidental y temporal.

En la reciprocidad violenta, nada más personal que contemplar en acción la crisis sacrificial. De manera tal que los humanos al verse sumidos en la vivencia de la violencia, optan por creer que han sido llamados a convertirse en destinadores.

Destinadores de solucionar el conflicto. Aunque la violencia no siempre actúa según las necesidades de los humanos inmersos en situaciones límites.

La correspondencia de la tragedia y la simetría conflictiva entre los personajes será un aspecto de vital importancia. Se esbozará, claro está, en el mito de Edipo, en donde la inspiración trágica muestra la evolución de la violencia. Otra violencia que surge tras el advenimiento de la crisis sacrificial.

Acusar al otro de la muerte de Layo, es verle como único responsable de la crisis sacrificial. Todos son igualmente responsable puesto que todos, como se ha visto, participan en la destrucción del orden cultural.

La destrucción del orden cultural denota la evolución desquiciante y la gradualidad de la violencia como horror sagrado para interpretar, con otras perspectivas ideológicas, el problema del sufrimiento humano. Incluso, podemos elucubrar sobre la violencia y su vinculación societal con el sufrimiento humano.

jueves, 27 de octubre de 2011

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La vida tiene sus luces derroteros de confusiones y certezas. Una de sus confusiones que singularizan la importancia de saberse protagonista de un ritual asumido, es la aparición de la violencia como nexo entre lo sagrado que refleja y su crisis de representatividad con la historia de las ideas humanas.

Ante todo se refiere a las ideas que emergen como campo de ebullición societal, desde un contexto socio-cultural dado, con sus prejuicios y tradiciones milenarias, unas sociedades primitivas que predican un sentido de la trascendencia, tocar la realidad de lo sagrado.

Hemos anteriormente enfatizado lo indispensable de la violencia como contrapunto necesario para escudriñar los fines y propósitos de lo sagrado. Sin embargo, lo sagrado emerge como una representación simbólica respecto a lo que perciben los miembros de las sociedades primitivas.

Estas sociedades humanas carecen de métodos preventivos y de curación civilizatoria, esto es, sistema judicial, para abordar la razón misma de lo sagrado. Pero lo sagrado puede buscarse mediante la realidad humana que emerge de la tragedia.

Un aspecto de sustancial instancia civilizatoria, para ellos, es la capacidad narrativa del mito y de la tragedia para proponer una respuesta plausible al problema de la crisis sacrificial. La crisis sacrificial significa algo. El fin de una etapa histórica dentro del orden social imperante.

Ahora, el ocaso del orden cultural establecido, poner en cuestión la existencia misma de las sociedades humanas, converge con la propuesta ética que entraña la violencia como lo sagrado que requiere una mirada holística.

A lo menos, la crisis sacrificial a través del cumulo de experiencias humanas de ensayo y error, alternará entre su colérica degradación producto del actuar conductual de sus miembros y exponer la tragedia como espacio de socialización permanente que anuncia el ocaso de una forma de entender otro tipo de violencia.

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Cabe suponer que los mitos surgen de crisis sacrificiales de los que son una configuración retrospectiva, una relectura a la luz del orden cultural surgido de las crisis.

En la conclusión de la crisis sacrificial. Lo que está en juego es la posibilidad de las sociedades humanas. Hay que descubrir en qué consiste esta conclusión y qué es lo que la hace posible. Es verosímil que esta conclusión constituya para el mito y para el ritual un autentico punto de partida.

Referirse al propósito fundamental de la sociedad humana como modelo de realidad prevaleciente es investigar los estilos y formas de vida que configuran los ritos y sacrificios, no es menos cierto, que su conclusión es darse cuenta de los derroteros ocultos que manifiesta la violencia.




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Al igual que todo saber de la violencia, la tragedia va unida a la violencia; es hija de la crisis sacrificial. A fin de cuentas, la crisis sacrificial, encarna un estremecedor juego, está en juego es la posibilidad de las sociedades humanas.

La existencia sociocultural de las sociedades humanas entroncadas con la tradición histórica de una secuencia ilimitada de experiencias de ensayo y error, es la manera que tienen los humanos, con ello, la diferenciación violenta convertida en institución simbólica, contrastándolo con la crisis sacrificial, en suma esencia, se verá verificada como un argumento plausible. En ese caso, la violencia y lo sagrado pueden considerarse como tal.

En cualquier caso, la realidad de la crisis sacrificial se deslizará entre palabras, amenazando siempre por la historia anecdótica de una parte y por lo monstruoso de otra. La mitología cae insensatamente en el segundo peligro; la tragedia está amenazada por el primero.

Comparece ante la historia humana muy inclinada a discursos fundacionales a que aluden al trato que han tenido los humanos con la realidad. Tras esa empresa moral indispensable para entender el sentido de la violencia, esto es, considerar al sacrificio como parte de un institucionalizado bajo las inercias siniestras del libre albedrio. De cuando en cuando, surgen fenómenos humanos como la tragedia y los mitos.

lo monstruoso es omnipresente en la mitología. Esto nos lleva a deducir que la mitología se refiere incesantemente a la crisis sacrificial, pero que solo se habla de ella para descifrarla.

Tras esa empresa moral indispensable para entender el sentido de la violencia, esto es, considerar al sacrificio como parte de lo institucionalizado, eso si, bajo las inercias adictivas del libre albedrio, puede ser a la vez seductor como aterrador usarlo.

De cuando en cuando, surgen narraciones que fabulan y construyen la realidad humana en concreto, como la tragedia y los mitos, que describen la ruin degradación de las sociedades humanas, que a diario convierten sus rituales milenarios en permanentes e inexorables crisis sacrificiales. Producto de la entrada de los nuevos “dioses de la razón”.

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Ocaso histórico de una época sobre la cual los humanos preservaban un frágil equilibrio, lo cual, permitía mantener el orden social existente. Sin embargo, irrumpe la crisis sacrificial como una clara muestra de lo precario, que significa comprender la subjetividad humana, desde y dentro de una realidad espacio-temporal.

A medida que decrece la violencia diferenciada, a saber, construir civilización patriarcal, un acto de constricción permanente, en donde la espiritualidad y la corporalidad juegan su juego paradójico de horrores sagrados. Irrumpe el horror sagrado de perder la legitimidad ganada durante miles de años de impresiones fuertes.

El juego de la reciprocidad violenta extendida por doquier es lo que destruye las diferencias, y este juego nunca ha sido realmente revelado; o bien sigue la diferencia y permanecemos dentro del orden cultural, en unas significaciones que deberían ser borradas, o bien ya no hay diferencia en absoluto pero lo indiferenciado solo surge bajo la forma de una diferencia extrema, la monstruosidad de los gemelos, por ejemplo.

En resumen, la indiferenciación conflictiva entre los miembros de una colectividad humana es una fuente inagotable de miserias ideológicas, de la crisis de las expectativas, la perdida de los ideales de lo sagrado como la palabra inicial para confrontar las adversidades que imponen vivir en sociedad, la incapacidad política para estandarizar el sufrimiento producto de esa monstruosidad, escasa visión integradora respecto a ese juego paradójico que supone estar conectados con el otro.

Más aun, este juego paradójico puede considerarse como la dicotomía entre Nosotros y Ellos. Una “justo” equilibrio seria la condición necesaria para convertir al sacrificio en un emancipador instrumento de narración colaborativo.

Ahora, en este caso, lo colaborativo como manifestación de la violencia como catarsis, por un lado, y, por otro, escudriñar los cimientos inexpresables de los efectos humanos que engendra dicha violencia.

Con lo cual, esa situación dicotómica, entre los miembros existentes en esa crisis sacrificial, apela, en este caso, a una diferenciación extrema, perderse en el abismo pavoroso de la cotidianeidad que depara monstruos que anuncian la llegada de otros dioses, los de la razón.

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Al no haber identidad sobre lo que se ha luchado, nos caemos en un abismo de enfrentamientos trágicos. Esa pérdida de la diferencia pone en cuestión el enigmático camino que ocurre tras la pérdida de las diferencias. Para entonces, perder la identidad es perder la vida y muerte que le corresponde a cada uno de los hombres en su realidad concreta.

Discurrir sobre el problema de la indiferenciación violenta que acontecen entre humanos compartiendo y asumiendo su condición de seres dados a la implosión de afecciones volitivas así como la perdida de lo sagrado como tensa calma.

Allí donde falta la diferencia, amenaza la diferencia. Se establece una confusión entre los gemelos biológicos y los gemelos sociológicos que comienzan pulular tan pronto como entra en crisis la diferencia. No hay que asombrarse de que los gemelos den miedo: evocan y parecen anunciar el peligro mayor de toda sociedad primitiva, la violencia indiferenciada.

Los gemelos son impuros por la misma razón que el guerrero ebrio de sangre, el culpable de incesto o la mujer que menstrua. Son claros ejemplos que confluyen en el espacio público de lo enfatizado, perdida de las diferencias.

Si hay diferencia, entonces habrá violencia acorde con lo impone la ley natural, lograr la tensa calma entre seres inclinados, tanto a lo seductor como a lo angustiante, a tomar decisiones. En caso contrario, acontece ese otro tipo de violencia, es a la violencia que hay que referir todas las formas de impureza. Con ello, la impureza actúa como actor protagónico en la eclosión de movimientos.

Loa gemelos amenazan con provocar unas epidemias temibles, unas enfermedades temibles, unas enfermedades misteriosas que provocan la esterilidad de las mujeres y de los animales. Mencionaremos asimismo, de manera todavía más significativa, la discordia entre el prójimo, la fatal decadencia del ritual, la transgresión de las prohibiciones, en otras palabras, la crisis sacrificial.

La crisis sacrificial refleja la simetría conflictiva y la pérdida de la identidad como verdad narrativa entre los humanos.

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Los trágicos nos muestran unos personajes enfrentados en una mecánica de la violencia cuyo funcionamiento es demasiado implacable para dar pie al menor juicio de valor, para permitir cualquier distinción, simplista o sutil, entre los buenos o malos.

El ser humano se percata de sus ínfima capacidad de recuperación de lo acontecido, de alguna manera advierte el duro peso de las circunstancias que le toco vivir. Para él cada instante es una crisis sacrificial que gradualmente se torna implacable. Es implacable en cuanto a sus sinuosidades valoricas.

La crisis sacrificial, esto es, la pérdida del sacrificio, es perdida de la diferencia entre violencia impura y violencia purificadora. La crisis sacrificial debe ser definida como una crisis de las diferencias, es decir, del orden cultural en su conjunto.

Son diferencias culturales que nunca volverán a ser las de antes. Por lo menos, la perdida de las diferencias es la perdida de la ingenuidad como criterio de orientación político. No hay orden, entonces no existe modo de lograr la tensa calma.

La tragedia griega encarna la destrucción del orden cultural con lo cual el ámbito de la reciprocidad violenta se hace evidente. Con ello, la jerarquización de los roles y estereotipos se diluyen en la eclosión de indiferenciaciones violentas por parte de los hablantes protagónicos.

Cuando se pierde las diferencias existe una confusión violenta a través de un lenguaje amenazado que emerge producto de la crisis de las diferencias. La crisis de las diferencias apunta a la expresión histórico-moral de la tragedia griega como tematizacion de la crisis sacrificial.

Luego, la crisis sacrificial impone un patrón cultural indesmentible, la tragedia y la pérdida de la autoridad estructurada. La tragedia habla del tema más candente de todos, esto es, la disolución de las estructuras en la violencia reciproca.

Al igual, pues, que en la tragedia griega, o que en la religión primitiva, no es la diferencia, sino más bien su pérdida lo que ocasiona la confusión violenta. La crisis arroja a los hombres a un enfrentamiento perpetuo que les priva de cualquier carácter distintivo, de cualquier identidad.

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Recapitulando respecto al problema anterior, el sacrificio, como aporte inconmensurable a la singularidad viviente de los primitivos compartiendo la violencia, como estrategia de socialización permanente, hemos de señalar lo siguiente. Podemos distinguir: carácter de violencia santa y violencia purificadora.

Por ahora, después de ciertas descripciones y caracterizaciones del problema en cuestión, aparece el sacrificio como violencia purificadora. En cambio, cuando aparece la crisis sacrificial instaura una descomposición religiosa, a saber, un gradual deterioro de las relaciones humanas.

El funcionamiento correcto del sacrificio exige, como hemos visto, una apariencia de continuidad entre la victima realmente inmolada y los seres humanos a lo que esta victima ha sustituido, subyacente a la ruptura absoluta.

El concepto de crisis sacrificial parece capaz de esclarecer algunos aspectos de la tragedia. En muy buena parte, lo religioso presta su lenguaje a la tragedia; el criminal se considera menos como un justiciero que como un sacrificador.

Existe una simetría narrativa entre el concepto mencionado y la tragedia. La tragedia nos muestra un rostro más siniestro de la condición humana. Puede colaborar con lo religioso para entender el fenómeno de la continuidad de la crisis sacrificial.

La crisis trágica debe definirse como una crisis sacrificial. Por esto mismo, la tragedia es equilibrio de una balanza que no es la justicia sino de la violencia, es decir, la simetría de los antagonistas es la constante.

Los trágicos griegos solo evocan su crisis sacrificial a través de unas figuras legendarias cuyos perfiles están fijados por la tradición.

Ante todo la tradición ejerce una visión hegemónica de cómo evoluciona la crisis sacrificial con sus indiferenciaciones violentas y sin jerarquizaciones estandarizadas.

Además, al vérselas con la realidad humana en perpetuo movimiento,en este caso,con los miembros primitivos,la crisis sacrificial genera una reflexión sobre el principal objetivo de la tragedia. El debate trágico es un debate sin solución; la tragedia es el equilibrio de una balanza que no es la justicia sino de la violencia.

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Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Esa es la cuestión. Cómo encontrar la realidad misma de la violencia. Describirla como algo inefable, enigmático, sugestivo y explicativo en el desarrollo de la subjetividad humana cuya respuesta sin nombre todavía no ha sido dilucidada, el origen y la identidad del mal. Por lo menos, los primitivos apuntan a lograr un remedio contra la impureza cadenciosa de la modernidad, moralizar la violencia.

domingo, 23 de octubre de 2011

Educación Publica

Despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Bajo el titulo de la impureza ritual, el pensamiento religioso engloba todo un conjunto de fenómenos, disparatados y absurdos en la perspectiva científica-moderna, pero cuya realidad y cuyas semejanzas aparecen por poco que se las distribuyan en torno a la violencia esencial que ofrece la materia principal y el fundamento último de todo el sistema.

Es de especial relevancia el papel ejercido del ritual como experiencia viviente respecto a la violencia acontecida entre los primitivos. Describe, configura y construye un imaginario colectivo concerniente a la labor narrativa de la violencia.

El ritual tiene la función de purificar la violencia, es decir, de engañarla y disiparla sobre unas victimas que no corren el peligro de ser vengadas.

Sin embargo, la violencia como tal, una especie de artificio psicológico que, a veces, muestra un rostro afable ante las situaciones límites que afectan a los seres humanos, convierte su existencia en un entramado de imprevistos conductuales, en otras, muestra su cara siniestra y sanguinaria en lo conducente a narrar el desarrollo narrativo de lo sagrado.

Los rituales, su latente propensión a la tensa calma y la dimensión simbólica de lo sagrado provocan un cambio de mirada por parte de los primitivos sobre la violencia.

Así, pues, por ejemplo, la impureza ritual está presente en todas partes donde se pueda temer violencia.

También imprime un valor de verdad, consistencia entre sus miembros y sus mediaciones con la divinidad, los sacrificios rituales durante el desarrollo de la violencia como principio de narración con la realidad histórica que le toco vivir.

Por ejemplo, la sangre. Denotó una inclinación hacia la distinción entre violencia pura y violencia impura. Cualquier sangre derramada al margen de los sacrificios rituales, en un accidente, por ejemplo, o en acto de violencia, es impura.

Cualquier impureza se reduce, a fin de cuentas, a un único e idéntico peligro, a la instalación de la violencia interminable en el seno de la comunidad.

Si acontece esa situación, la impureza de la violencia ejerce con total deliberación narrativa su labor adocenada, a saber, destruir el orden existente en la polis, convertir a sus propios rituales en meros sucedáneos para corromper el carácter de lo sagrado.

Juego paradójico de la violencia al acceder únicamente en este juego a través de la sangre o de otros objetos simbólicos del mismo tipo, lo religioso aprehende imperfectamente pero jamás lo elimina del todo, a diferencia del pensamiento moderno tan prodigo siempre en fantasías como en poesía, delante de los grandes datos de la vida religiosa primitiva, pues jamás llega a descubrir nada real .

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Despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


Una sociedad primitiva, una sociedad que no posea un sistema judicial, está expuesta, como se ha dicho, a la escalada de venganza, a la aniquilación pura y simple que ahora denominamos violencia esencial; se ve obligada a adoptar respecto a esta violencia unas actitudes incomprensibles para nosotros.

Siempre tropezamos con dificultades para entender las cosas por las dos mismas razones: la primera es que no sabemos absolutamente nada respecto a la violencia esencial, ni siquiera su existencia; la segunda es que los mismos pueblos primitivos solo conocen esta violencia bajo una forma casi enteramente deshumanizada, es decir, bajo las apariencias engañosas de lo sagrado.

Recurrir al asunto humano de desentrañar los móviles oscuros de sus propias conductas, esto es, encontrar un horizonte de sentido a la violencia esencial, en ocasiones, puede lograrse enfatizando un perspectivismo sobre la cuestión de la venganza, en otras, la existencia misma de la violencia esencial escapa a los hábitos culturales de las sociedades modernas.

Somos seres humanos, habitantes vitalicios de dichas sociedades humanas, que predicamos perpetuos propósitos irracionales. Lo irracional de deshumanizarse pero a su vez encontrar lo sagrado. Aquello de lo cual los primitivos asumen temerarios viajes hacia sus viajes rituales.

Una lenta agonía que irrumpe descarnadamente como para darse cuenta de las oscuras fuerzas inescrutables del ocurrir vital de los humanos, cuando se confronta con lo sagrado.

Lo sagrado es todo aquello que domina al hombre con tanta mayor facilidad en la medida en que el hombre se cree capaz de dominarlo; la violencia constituye el autentico corazón y el alma secreta de lo sagrado”

Podemos considerar la violencia de los propios hombres como exaltación de lo sagrado, pues, plantea algo que supera todo pronóstico humano respecto al umbral de violencia desatada. Por eso mismo, la violencia se comporta como un azaroso lugar de impresiones fuertes. Y convive con el carácter dinámico de lo sagrado.

Muy plausible resulta el rasgo de permanente ritualidad en torno a lo sagrado. Dentro lo cual aludir a la violencia esencial es aludir a la dimensión desconocida de la existencia humana, sobre todo, para la autoridad patriarcal de la modernidad, y solemos englobar lo sucedido como tradición histórica.




sábado, 22 de octubre de 2011

Educación Publica

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.

No se puede prescindir de la violencia para acabar con la violencia. Importa que la violencia sea ciertamente “proporcional” a uno de sus allegados.

Pero con la precisa sensibilidad para no fomentar el círculo vicioso de la venganza.

Al exigir un relación directa entre la culpabilidad y el castigo, creemos aprehender una verdad que escapa a los primitivos. Somos nosotros, por el contrario, los que estamos ciegos a una amenaza muy real en el universo primitivo, la escalada desmedida.”

Creemos creer como seres dados a totalizarlo todo, a medida que razonamos para darle un orden a la realidad, que irrumpe sin previas históricas, sabemos el sentido y alcance de la culpa y castigo, y no sabemos nada. Solo tenemos el principio de realidad prevaleciente, el sistema judicial como matriz cultural de un pensamiento patriarcal recursivo.

“se trata siempre de concebir y de ejecutar una violencia que no resulte a las violencias anteriores lo que un eslabón más, en una cadena, es a los eslabones que le preceden y a los que le siguen; se piensa en una violencia radicalmente distinta, en una violencia realmente decisiva y terminal, en una violencia que ponga fin, de una vez por todas, a la violencia.

Los primitivos tienden, a pensar en la búsqueda insondable de la violencia esencial, y, a pesar de todo, sus imperfecciones metodológicas, reflexivas, teoréticas y jurídicas, buscan una forma de ser, la violencia purificadora sobre la cual exista una narrativa resiliente. Lo resiliente seria, por cierto, encontrar esa violencia purificadora.

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Intuiciones mendocinas por parte de los héroes anónimos que surgían en ese almuerzo milenario. Milenario en cuyas sucesiones humanas se trasmutaba el misterio de los misterios, satisfacer el hambre de los jóvenes.

Asumí la clara decisión, si se puede decir eso, luego de mitigar mi hambre, después de varios minutos sin ensaladas sugeridas, que ese Tenedor Libre era un implacable negociador con la realidad humana en perpetua inconclusión y aparente divinidad mutilada.

Esas decisiones mundanas al fragor de una exquisita ensalada condimentada a base de aceites de Oliva, sales posmodernas y aderezos de “horario valle”. En realidad, esa decisión perpetró lugares comunes dentro de ese Buffet de “comida lenta”. Para ese entonces existía una necesidad. La puta necesidad de sentirnos honrados por los rituales institucionalizados de Occidente.

Ese ritual que allá promovió por fama, honor y divertimiento. Ni los compañeros vegetarianos de la mesa adyacente a la nuestra ni mis cómplices podían sustraerse a la necesidad de sentirse partes de un ritual no ensayado.

Jugamos con ese ritual impuesto, comer porque teníamos hambre. Solo pensé que existía algo que debíamos realizar. Ese realizar. Solo hicimos lo posible trascender la experiencia de lo cotidiano. Somos buscadores de lo desconocido. Puede que pensar ayude. Pensar con el suficiente riesgo respecto a los estados de ánimo de los compañeros universitarios durante ese viaje por el Tenedor Libre. Ese día trajo mucho, basto su aparición cargada de automatismos libertarios.

Dimensionar la fuerza enigmática de las calles de Mendoza respecto al Tenedor Libre, con sus respectivas experimentaciones subterráneas, responder a los propios actos, desentrañar los móviles oscuros de nuestra conducta. Incluso, esa conducta carece de razones conocidas al mismo tiempo las emociones que colorean la experiencia de misma, enaltece dichas calles.

Las calles de Mendoza ayudaron al Tenedor Libre a tener un realidad espacio-temporal sujeta a los avatares planetarios de un día sábado. Tiene sus tiranías vocacionales a medida que crece su experiencia concreta, que transcurran las horas.

Las horas se comportan como protagonistas de esa fama que obsequió el Universo a los seres humanos. Nadie se atreve a lucrar con ese objeto. Se viven, narran, juegan y aparecen ante el holocausto del tiempo. Ese inexistente tiempo que aspiró a determinar las relaciones perversas de manipulación, complicidad y relativismo moral de los hablantes universitarios en el comedor del Tenedor Libre.

Comimos en la republica de las ideas asesinas, el Hoy, obteniendo un pasaporte hacia el horizonte de sentido mendocino, en vez de, mirar acríticamente ese día sábado relativo a la excusa impuesta por Occidente.

Una excusa impuesta por Occidente convertida en ficciones narrativas, solo comiendo podía comprender que cada cubierto potencialmente tiene una gran narrativa, entonces haber comido minutos atrás, en un Buffet de los dilemas bioéticas y anónimos consumismos identitarios, aun quedaba trozos de carne que tragar.

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


Seguían estos jóvenes del vestir predecible, pantalones de Jeans con poleras alusivas a simbolismos picunches, peinados cuestionables en su clamor popular, con simétricas zapatillas erigidas como bien de consumo, cuando tejían con sus bocas huellas de nacimiento, vigorizaban aquella conversación sobre la educación formal chilena, ese tema estuvo cargado de descripciones definidas y sujeciones narrativas en “on”.

Solo seguían enamorándose de la renovación del instante presente, prejuicios iban y venían, mantenían una calidad de vida más allá de lo estandarizado, a esa hora, todos íbamos por el tercer palto, hubo secreta consciencia de que aspirábamos a horas sin minutos predeterminados. No se lo digan a nadie, pero uno de ellos llego a 5 platos.

Resultaba complicado saber, a ciencia cierta, la validez ideológica de cada una de las palabras vertidas por los compañeros en esa mesa del Tenedor Libre, sobre todo, tratándose de un obtuso tema como lo es la educación, muchos platos dibujaban una constelación de fósiles condecorados, mientras tanto, los cubiertos adornaban a nuestros demonios internos, en mi caso, me enamore de la realidad que fluía intensamente. Incluso Pink Floyd se habría sonrojado ante ese fenómeno.

Enamorarse de la realidad. Esa es la cuestión. Una cuestión muy intimidante contra la cual la ciudad de Mendoza actuó sin mayores estridencias mediáticas. Se tuvo que resignar ante el ceremonial implacable del hoy. Avanzaba inexorablemente el hoy convertido en aquel día sábado. Un día para el Tenedor Libre. Su lógica implacable era hacer del hambre una tensa calma. Mucho existió de tensa calma entre los compañeros universitarios.

El Tenedor Libre hacía muy bien su trabajo. Me parecía que Mendoza estaba resignada a su propia realidad humana, no se qué quiso decir con eso. Lo único que pudimos constatar fue la vida y muerte que le faltó a la educación formal chilena a su vez la decadencia silenciosa para negociar con la realidad. Tan solo comiendo, tanto ensaladas como carnes, captamos la inmediatez de lo desconocido.

Tenedor Libre

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A ese día sábado no le desagradaban las casualidades. Las casualidades aterrorizan a la modernidad mendocina. Hubo mucho de eso, cuando muchos compañeros descargaron su vocación de servicio publico, desato un carnaval de implacables ventosidades, lo cual, coincidió con la puesta en marcha de reunir los recursos monetarios con objeto de pagar la cuenta.

Seguíamos perplejos ante la vida. Era como si la vida pusiera a disposición de nosotros ciertas claves enigmáticas para encontrar su eslabón perdido. Se degusto el suave sabor de una gaseosa a medio terminar, eso si, mis compañeros compraron unas pocas bebidas, con tal de financiar el Buffet, lo lograron con cierto glamour

Había glamour estando con mis compañeros. Explicarlo seria groseramente predecible, pero existía una sensación de irrealidad. Y, en esto, sentir esa irrealidad que fragiliza al lenguaje que usamos, era glamoroso. En esa virtud secular, comer para vivir, ejercíamos las necesidades emocionales adictivas, tan precisas como la muerte celular de nuestras sinapsis.

A cada instante mendocino, nos acercábamos más a la muerte. Porque vivir es un campo minado de absurdos predicantes, estar en el Tenedor Libre buscó plantearle al día sábado una distinta mirada sobre lo que somos al proponer la primera palabra mientras se come.

Comer con la ayuda del sufrimiento humano. Somos comediantes de ese ritual olvidado. El sufrimiento humano aparecía discretamente por esa mesa, pero no en las valiosas tonterías vertidas por nosotros mismos.

Eso, valiosas tonterías giraban en torno a la búsqueda de sentido al problema de la educación formal chilena, pasaron unas horas antes de decir obviedades conceptuales, luego apareció, otra vez, el Tenedor Libre como un acompañante de momentos callejeros, existió un temor fundado sobre las movilizaciones ciudadanas en aquel país inclinado a los creacionismos ideológicos, solo seguían comiendo Jaime y Kader.

Esos jóvenes ponían en cuestión el Contrato Social relativo a las formas singulares de manipulación y perversión que instituye almorzar en masa, así y todo, hubo un reluciente candor gregario en todo aquello que el lenguaje no pudo describir. No pudo describir el mandato generacional que le entrego ese día sábado con la complicidad de la modernidad patriarcal de Occidente.

Había un afán de verosimilitud entre las personas que integraban esa mesa, en ese Buffet, significaba confiar al mundo humano del Tenedor Libre y sus vivencias primaverales deliberadas, una autentica expresión de emancipación horaria. Rompíamos cadenas con la racionalidad de occidente. Dialécticas más o dialécticas menos, al fin y al cabo, negociamos con esa realidad mendocina. Nos habilitamos, por algunas horas, para dedicarnos al caos

Tenedor Libre

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Nuestro Tenedor Libre como un sempiterno predicador de comidas intramundanas observaba, con letal hermetismo, lo hecho por los compañeros universitarios, durante esos instantes hogareños, esa mesa significó un ambiente de irrelevancia mediática pero didácticamente volitivo.

Tuvimos el placer de convivir con las trashumancias inconclusas de los cubiertos que resplandecían ante los gestos revolucionarios de los compañeros universitarios, de repente, a Kader y a Ignacio se les ocurrió comprar un par de gaseosas. No obstante esa situación domestica, seguían corrompiéndose esos cubiertos de modernidad cuestionada.

Mientras almorzábamos a su vez construimos increíbles parodias sobre la capacidad de dialogo diferenciado respecto al discurrir desatado del Tenedor Libre, innumerables menús para provechosas ensaladas a su vez miradas que acontecían entre mis amigos junto a sus respectivos prejuicios militantes, tanto con la oferta gastronómica propuesta mediante las imágenes paganas hechas por el señor chef como juicios dispersos esgrimidos por los que jóvenes que nos atendieron.

A veces, no se por que lo pensaba, eso esperaba señalar, perdía el hilo conductor en esas conversaciones que usaban mis compañeros para mitigar el agobio de la rutina que proponía ese día sábado, a pesar de eso, la vida susurraba lo indecible, a medida que moríamos, el Tenedor Libre se mantuvo incólume.

Veía a mis compañeros como extraños seres que albergaban escuelas de bipedismos estatales. Esas 2 palabras están teñidas de tensas calmas y del “nunca más” en Horario Valle. Pero seguíamos siendo bípedos. Nuestros bipedismos estatales tampoco han podido ser develados por la ciudad de Mendoza. Algún día habrá alguien que pueda descubrirlo, la vida misma se entero por casualidad.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.





Cuando observaba, antes de ir a eso que llaman vida, se aparecía en esa mesa con sus 6 integrantes, una velada para vivir, experimentamos con esos trozos de instantes precisos, alguien insinuó que estaba satisfecho.

Satisfechos y humillados. Buscamos una forma de sentirnos acogidos ante las grandes narrativas de la realidad, no hay lenguaje que valga, porque decirlo seria temerario. Alguien debió descubrir cual era el silencio originario de aquel Tenedor Libre.

Estaba cansado después haber logrado conciliar mis apetencias valoricas referidas al almuerzo con las valiosas tonterías que surgían tras cada masticar de los hablantes universitarios. Y todavía seguía siendo un anónimo actor, un personaje confrontado con los criterios cósmicos de este día sábado, veía que mi propia vida se diluía en majestuosas voliciones cotidianas, no sabía cómo tratar con la realidad mendocina, sin embargo seguíamos comiendo.

Era un día dispuesto a darse por entero, y, inclinada a jamás volver a aparecerse. Sin mayores miedos, intentamos ser relativamente miserables. Miserables y lúdicos en la ciudad de Mendoza. Un octubre que era primero, con olor a día sábado junto a sus absurdos humanos. De vez en cuando, esos humanos eran seres propensos a tomarse demasiado en serio.

Tomarse demasiado en serio en tiempos mendocinos donde todos comen pizza. Bueno, tal vez, alguna otra situación extrema, que la configura como una ciudad desprovista de oficiales valoraciones éticas, pues dicha ciudad recorría muchas afecciones humanas. Más aun, no te dabas cuenta cómo narrar estos tiempos mendocinos.

Esos tiempos mendocinos, en ese entonces, que encubrían sus cuantas verdades mutiladas, aquí, los integrantes de esa mesa perteneciente al Tenedor Libre, buscaban sin cesar Algo, y, reflejaban aquellas verdades. De súbito, alguno de ellos engullía unas hojas de lechuga anónima.

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Esa ciudad de Mendoza, asumía su carácter alucinatorio, siendo día sábado, se convertía en un resumen de pasiones humanas. Esas pasiones humanas desarrollándose como si fuera una épica de lo cotidiano. Convertimos lo cotidiano en un Tenedor Libre dispuesto a todo.

De alguna manera, también estuve perplejo ante ese Buffet de “comida lenta”. Dicho lugar se ubico cronológicamente en Octubre 1.

Nos vivíamos en las postrimerías callejeras de un viaje universitario con ciertos desvaríos primaverales. Un día con Octubre que quiere ser mayor y dejar de ser puesto en tela de juicio por los ciudadanos consumistas del Tenedor Libre.

Fue un sábado que quiso compartir milagros inesperados con esos jóvenes universitarios provenientes de Chile, cuando adictos a la observación, la ciudad de Mendoza, apostó por jugar a ese juego llamado vida.

Una noche íntima cada uno de los integrantes del Tenedor Libre acogió aquel día, y la vida, esparcía sus divertimentos absurdos, acompañada del estéril esfuerzo de la modernidad mendocina por intentar racionalizar todo aquello engullido en ese lugar de “comida lenta”.

Mienten lo que dicen que el Tenedor Libre no estaba dispuesto a negociar con la realidad universitaria en perpetuo movimiento narrativo. Una gran narrativa asumió esa dimensión espacio-temporal, aquí, la vida y la muerte, destacaban por su ausencia.

Así, pues, eran unos héroes anónimos, si es que mis buenos muchachos, apreciaban lo que era vivir y morir muchas veces.

Comenzaba indefectiblemente otro sábado que se repetía hasta la saciedad. Pero eso no sabia Tenedor Libre, solo aportaba con sus adecuaciones gastronómicas nuevos horizontes de sentido, hacer de la comida un acto de subversión permanente contra lo establecido por los muros de la nutrición oficial.

Esta nutrición oficial que se sonrojó ante el holocausto de repeticiones majaderas de los platos de los hablantes universitarios.

De súbito, estos bípedos seguían cantando a sus organismos pluricelulares, y decían saberse destinatarios de un ritual nutritivo mal mirado, degustar sabrosas carnes en el clímax de su silencio originario.

martes, 18 de octubre de 2011

Tenedor Libre

Después de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Halagos iban y venían alrededor de nuestra mesa, se ampliaba ese objeto de estudio, donde almorzamos con total fruición, fluía una inagotable capacidad de dialogo, tanto con los menús ofrecidos por el Tenedor Libre como por ese día sábado que acogió nuestras solicitudes viscerales. Entonces, seguíamos siendo adictos a la observación sobre que lo que aparecía.

A lo menos, a varios de mis compañeros le resultaba intimidante poder estar comiendo y conversando simultáneamente, solo querían legitimarse ante sus indecibles desencantos ideológicos, cada uno de platos proponían sus propias alocuciones identitarias, cambiaba su fragancia mendocina, y las miradas universitarias convertidas en salvajismos estomacales.

En ocasiones, a medida que los minutos fluían sin mayores ambiciones mediáticas, las ideas humanos reflejadas en esos jóvenes universitarios compartían implacables situaciones cotidianas con ironías estatales sobre el sabor de las ensaladas, había un dosis de cuestionable percepción acerca del estado ético que se desarrollaba en nuestros estómagos.

Eso, mientras tanto, después de la galopante gula obsequiada por el capitalismo pluriparental de nuestros padres, su acompañante de momentos callejeros, en esta ocasión, la ciudad de Mendoza, comprendía que, a través de su modernidad cuestionada habría cierto lenguaje para captar la singularidad empírica de los hablantes universitarios, convergía esta especie de clamor callejero con otra situación de hecho, era el penúltimo día que se podía decir la palabra en la mencionada ciudad.

Se movía esta ciudad mediante razones desconocidas, lo cual, generaba un entramado de relaciones de perversión y de manipulación entre los hablantes universitarios, más aun, la existencia fáctica del Tenedor Libre verificaba ese tipo de vinculo al respecto.

Su afán de verosimilitud, estar intimidados en el Tenedor Libre, al estar juntos peros separados en cuanto a nuestras perspectivas vocacionales, queríamos creer en algo, significaba confiar al mundo mendocino esas raras inclinaciones universitarias.

lunes, 17 de octubre de 2011

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Unos escasos instantes primaverales que generaban sensibilidades socializantes, envejecer con el Tenedor Libre. Decretaba la muerte de las utopías colectivas. Dificultades para poder verbalizar lo visto, para alguien inclinado a la dispersión de juicios. En cambio, la dispersión de juicios no existió, cuando comía.

Pero, continuamente, esperaba que la fuerza indecorosa del corazón ayudara a describir lo que aconteció en la ciudad de Mendoza. Por lo menos, tengo a favor al lenguaje. Pero es el problema de los problemas respecto al cómo responder a cabalidad el sentido universitario de aquel Tenedor Libre.

Nuestro lenguaje perpetra realidades. Distintas formas de expresión ideológica existen para embarcarse en la loca aventura de comprender las razones del Tenedor Libre. Por ahora, seguiremos descubriéndolo. Incluso, quien sabe, hasta el Universo esta atento a ese lenguaje.

Lo logré. El solo hecho de vivirlo al lado de mi inestable experiencia. Jugamos a la apuesta, entre nosotros mismos, esa mesa la integraban 6 verdades mutiladas, llegaba el momento de las decisiones finales. Esa era la cuestión, era un día sábado que solo se dedicaba a observar al mismo tiempo a respetar al Tenedor Libre.

Barajar opciones para confesar lo que uno siente, un suplicio decirlo en estos tiempos históricos sujetos a la organización patriarcal de la sociedad occidental, asumí ese riesgo.

Así y todo empecé por decirlo. Delirante expuse mis valiosas tonterías. Con esos delirios de no poder describirlo todo, ese día estuvo embargado por largos paisajes internos en la faz del universo indecible del Tenedor Libre,

El Tenedor Libre seguía existiendo para todos nosotros. Prologando un ritual olvidado, almorzando en la ciudad de los bipedismos peronistas, saciábamos nuestra hambre con la sesuda ayuda del Tiempo, luego a alguien se le ocurrió ir al baño. Creo, por lo que dijeron mis compañeros, fue a instituir los “Frutos del Bosque”.

Interesante apuesta por la vida del Chile Profundo. Mientras mi Tenedor Libre ríe suavemente, la vida oficial en las afueras del negocio gastronómico, experimenta millones de muertes humanas y de dedicaciones al caos. A pesar de lo cual, seguíamos almorzando con la venia sugerente del día sábado.

Envejecíamos como gotas de loza lavada, nadie se percataba de eso, con cierto desdén universitario, queríamos encadenarnos a la corriente tendenciosa de la gula, superponíamos nuestras tiranías valoricas para describir los supuestos atractivos de las elfas peronistas.

Este prodigio de la calle mendocina, producir miles de elfas peronistas, generaba cierto vigor hormonal entre los compañeros. Un pequeño paréntesis de lo que se tejía alrededor de nosotros, mientras almorzábamos

sábado, 15 de octubre de 2011

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.




Pero seguía el Tenedor Libre demostrando su valor de verdad, gozar para mitigar un eterno deseo insatisfecho, aquello se encarnaba en cada uno de nosotros, un primer plano percibía en los rostros sempiternos, jugaban con la comida, y daban la impresión de jamás darse por enterado.

Era fascinante enfatizar el almuerzo en si mismo que encarnaban los compañeros universitarios, un instante de renovación dialógica, no existía convención horaria que se legitimará ante esto. Solo sucedía. No había que decirlo, pues había que respetar el ceremonial que nunca seria descubierto.

Segundos tras segundos, eternos seguían siendo para el Tenedor Libre, un Buffet mendocino que perpetraba mundanas manifestaciones de goce planetario, alguien se sentía culpable por eso.

No recuerdo el nombre de ese amigo mío. No podría describirlo a cabalidad, pero hubo interesantes entrevistas con la comida del Tenedor Libre, sin duda, esos sonidos humanos permitían saber que la vida merecía ser confrontada.

Mis 6 compañeros querían ser mayores. Estar habilitados para ingresar al grupo selecto de los pecadores incorregibles, y algo más ocurría, con los juegos de la existencia y con los juegos de Octubre, derivaba hacia un capitalismo atormentado. Algo tenían que decir nuestros amigos peronistas.

Fuimos predicadores incontinentes de silencios elocuentes, almorzando en Mendoza, dentro de los cuales, la vida humana aprovechó de reírse de los criterios orientadores de los universitarios de pedagogías especializadas. Esas pedagogías especializadas la encarnaron 50 jóvenes.

Que buscaban derroche, escepticismos de aula magna, ironías con complicidades del tiempo, aventuras sexuales sin obviedades patriarcales, convivencias entre nosotros mismos tanto sacos de dormir como en camping de moderada formalidad utópica, decesos simbólicos de los hablantes peronistas en cada coffe break que acontecía, aventuras prodigiosas, vanidades decorosas, lecturas dispersas, borracheras con glamour republicano, progresismo a la hora de tomar el café y diversas formas de singularidad lúdica con respecto a las ponencias sobre Filosofía Latinoamericana.

Diagnóstico Médico

Cuando tenemos que vivir la existencia humana se diluye en valiosas tonterías e invenciones repentinas, de alguien que se percibe como alguien miserable, pero que constata murmullos psicodélicos en el organismo humano. Un ilustre caballero que responde sin preguntas precisas.

Las enfermedades asombran al lenguaje humano. Por esto mismo, emergió esta genialidad cínica para captarlo. Hacer su trabajo y solucionar el acertijo.

Eso le ocurrió a él. Una ficción personal que asumió la responsabilidad de ser ante los demás.

Ante todo sus heroísmos anónimos dibujaron sinfónicas aventuras éticas. Lo ético era una constelación de impresiones fuertes, las luces y sombras de la psiquis humana, sobre todo, relativo al problema del sufrimiento humano, a partir de lo observado por House.

Siendo un adictivo observador de la condición humana nacían, en su naturaleza autodestructiva y algo misantrópica, milagros inesperados a medida que intuía que el diferencial médico era solo una excusa para ser tomado en cuenta.

Intentó gobernar a esos demonios internos que se transformaban en su maestro de primaria, el dolor de su pierna derecha manifestado a través de una cojera crónica, de repente el bastón que usaba se convirtió en su narrativa visceral.

jueves, 13 de octubre de 2011

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Pero seguía el Tenedor Libre demostrando su valor de verdad, gozar para mitigar un eterno deseo insatisfecho, aquello se encarnaba en cada uno de nosotros, un primer plano percibía en los rostros sempiternos, jugaban con la comida, y daban la impresión de jamás darse por enterado.

Era fascinante enfatizar el almuerzo en si mismo que encarnaban los compañeros universitarios, un instante de renovación dialógica, no existía convención horaria que se legitimará ante esto. Solo sucedía. No había que decirlo, pues había que respetar el ceremonial que nunca seria descubierto.

Segundos tras segundos, eternos seguían siendo para el Tenedor Libre, un Buffet mendocino que perpetraba mundanas manifestaciones de goce planetario, alguien se sentía culpable por eso.

No recuerdo el nombre de ese amigo mío. No podría describirlo a cabalidad, pero hubo interesantes entrevistas con la comida del Tenedor Libre, sin duda, esos sonidos humanos permitían saber que la vida merecía ser confrontada.

Mis 6 compañeros querían ser mayores. Estar habilitados para ingresar al grupo selecto de los pecadores incorregibles, y algo más ocurría, con los juegos de la existencia y con los juegos de Octubre, derivaba hacia un capitalismo atormentado. Algo tenían que decir nuestros amigos peronistas.

Fuimos predicadores incontinentes de silencios elocuentes, almorzando en Mendoza, dentro de los cuales, la vida humana aprovechó de reírse de los criterios orientadores de los universitarios de pedagogías especializadas. Esas pedagogías especializadas la encarnaron 50 jóvenes.

Que buscaban derroche, escepticismos de aula magna, ironías con complicidades del tiempo, aventuras sexuales sin obviedades patriarcales, convivencias entre nosotros mismos tanto sacos de dormir como en camping de moderada formalidad utópica, decesos simbólicos de los hablantes peronistas en cada coffe break que acontecía, aventuras prodigiosas, vanidades decorosas, lecturas dispersas, borracheras con glamour republicano, progresismo a la hora de tomar el café y diversas formas de singularidad lúdica con respecto a las ponencias sobre Filosofía Latinoamericana.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Toda contemplación en acción que desempeñamos ante esos engendros incomprendidos, tantas ensaladas como carnes progresistas, derivaron a la autoafirmación de nuestras rarezas psíquicas.

Un día sábado llamado a ser un día en tanto día como cómplice de un ritual olvidado. El día sábado y su día mendocino hicieron de las suyas familiares: una vorágine de fugaces bocas implosivas. Más de alguno proponía una dentadura acorde a la modernidad mendocina, no diré nada al respecto.

Solo almorzábamos para adornar ese aburrimiento que agobia nuestras mutiladas subjetividades de Occidente. Mis interpretaciones culinarias, si es que eso intenté señalar, ironizaban con mis finitas ansias de seducción de “Horario Valle”; también existía ese horario en la Mendoza Profunda.

Jugaba a los encantos insaciables del lenguaje ordinario, cuando observaba detenidamente los movimientos humanos que configuraban sin miedos y sin ambiciones, almorzar era vivir, verbalizaba lo enigmático que producía estar juntos.

Juntos y optimistas ante el holocausto del tiempo. Aludo al tiempo, en este caso, como excusa para describir un estado de cosas durante el almuerzo.

Existían esas extraordinarias narraciones con ese día sábado a su vez alimentábamos nuestros radicales estómagos de provisión estatal. Además, las bebidas con sus panes terrenales los pago cada uno de los integrantes de esa mesa, una bella forma de legitimar al neoliberalismo. Eso, pude constatarlo al mirar por uno segundos hacia la cocina principal del Tenedor Libre, y, logree captarlo. Una intuición de mi destino.

Adicionalmente, un comentario aparte merece lo sucedido en los espacios sagrados del Tenedor Libre. Se caracterizaba por un lugar relativamente amplio, ancho y cómodo para la implantación de muchos de los pecados capitales instituidos por Occidente.

Por lo demás, la vida en Mendoza podía considerarse como una sinfonía de aderezos identitarios, si es que apuntamos al propósito fundamental de aquel lugar, dedicarse a comer sin mirar las convenciones horarias que nos constriñen.

Admirados ante la variedad ideológica de las propuestas gastronómicas que aparecían en el campo perceptivo de los compañeros, adoptamos sin darnos cuenta, muchas decisiones trascendentales para cuestionar nuestro “yo”, nada. Comer, reír y relajar el esfínter, fueron trillizos de difícil domesticación.

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



Estaba asombrado ante los hombres. De repente se me ocurrió decirlo. Solo lo dije para vigorizar mis subjetividades mutiladas. Mientras tanto, ahí habitaban, esos hombres de mirar enigmático, solo existían, respecto a alguien.

Esos hombres. Esos hombres buscadores de indecibles instantes. Se entroncaba con este mes y sus días. Era un día cualquiera para mí. Acudía este mes de Octubre que tenia lo suyo. Un día de Octubre abierto a este experimento llamado vida.

Fue un día. Jamás desapareció su agonía ante lo hombres. Muchos seres humanos acudieron al encuentro sagrado con sus fugaces vanguardias primaverales, entender el “para qué” de Octubre. A veces, sin embargo, nuestras vanidades provocaban un arsenal de situaciones extremas, y, luego caíamos en singulares experiencias ciudadanas. Iban aconteciendo cosas humanas.

Mienten lo que dicen que Octubre, una época primaveral receptiva al Tenedor Libre, almuerzos raros en la modernidad mendocina, con lo cual, la vida misma seguía siendo una herida absurda, está dispuesto a no correr riesgos atmosféricos.

Creí revelar algo de glamorosa decadencia al mirar todo aquello que se dibujaba, a esa hora, en el Tenedor Libre. Aquí, la irracionalidad y la espiritualidad, eran amistades anónimas que representaban simbólicamente a la historia cultural del Tenedor Libre.

Comenzaba un sábado de indescriptible pasión culinaria. Esas bocas querían pronunciar su silencio, se abrían para penetrar patrimonios de realidades consensuadas. De repente, aparecieron situaciones extremas con la realidad domestica, los rituales de Occidente adornaban la dimensión espacio-temporal del Tenedor Libre.

Cuando observaba, antes de ir a comer algunas ensaladas, estaba cansado después de haber dialogando con unos estudiantes universitarios de orientación mendocina, en los pasillos estatales pertenecientes a la Universidad de Cuyo, hablamos de lo humano y de lo divino, tenia la impresión que el Universo seguía expandiéndose, intuí, eso creo, que mi propia vida apareció en ese único instante de amanecer mendocino. Almorzando.

Era esa tarde de primavera cuestionada, en Mendoza con los bípedos, ante todo, pertenecía, en principio, a Chile, después seria alguien inclinado a negociar con la realidad. Esa realidad alternaba entre jóvenes llenos de utopías sin nombres y valiosas tonterías que decíamos a medida que extraíamos más ensaladas y carnes.

lunes, 10 de octubre de 2011

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


Desde sus bocas surgían sueños de libertad, negaciones semánticas, dictaduras epidérmicas, lugares comunes, raros lenguajes húmedos, picunches escombros, creacionismos tercermundistas, silencios elocuentes, miedos reprimidos, incertidumbres motivadas por el hambre, pecados originales, limpiezas a medio terminar, quejidos otoñales, fundaciones sin fines de lucro, ignorancias glamorosas, chatos discursos sobre la miseria humana, volitivas experimentaciones domesticas, modelos a seguir, subjetividades escolares, lógicas modernas, demonios internos, lucros sudorosos, diálogos entre exiliados, heroísmos anónimos, recapitulaciones históricas, absurdos inconclusos, deberes sagrados, convenios éticos con el hoy, propagaciones vivenciales, idiotismos pluricelulares, genes sin vocación para negociar con la realidad, rasgos primaverales al mostrar su visceralidad universitaria, proezas conductuales, argumentos implacables sobre su propia educación publica, decesos simbólicos tras tragar salivas, asombros ante el silencio reverencial de sus platos con comida, relieves escolares, calamidades de la existencia humana, divertimentos fisiológicos, dilemas bioeticos, fragancias cuestionadas, surrealismos visuales, mutiladas verdades al solicitar ¡hay más!, sanciones sociales, dadivosas complicidades con la ciudad de Mendoza, frivolidades conceptuales al fragor expectante de dentaduras corroídas por sus rituales de occidente, risas correspondiente a cualquier estupidez con énfasis, angustias nacidas tras el lucro en la educación, narraciones paganas deudoras de su incipiente voluntad de vivir, épicas fisiológicas, libre albedríos con olor a pueblo, holocaustos epidérmicos, confianzas cuestionadas, historias humanas bajo el umbral hogareño del Chile Profundo, utópicas experiencias pedagógicas, adornos dentales, vibraciones morales impregnadas de imágenes morales, dudas metódicas, salvajismos bacteriales, recuerdos salivales, ilusiones persistentes, olores a “horario valle”, imposiciones estéticas, insinuaciones sensuales y sagrados encuentros con la realidad del Tenedor Libre.

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


Existieron diversas escuelas de cinismo vivido, que se entroncaron con las ensaladas surtidas y los trozos de carne, cuya atención derivo en que Tenedor Libre dejara huellas de nacimiento.

Sumidos en Mendoza para degustar predicas alimenticias, seguía siendo día Sábado, todavía la narrativa universitaria de la indecibilidad monetaria no actuaba, apelaron a decirse cuanto breve comentario emergía de sus progresistas bocas, íbamos a ser todos reyes. Reyes dispuestos a pagar 47 pesos argentinos.

De alguna manera claudicamos a las sentencias ideológicas del neoliberalismo. A nadie le importó eso. Solo logramos aceptar las cadenas a las que nos ata el destino, también es cierto, que esas cadenas son inescrutables, poderosas fuerzas de sanción cósmica, de manera tal, que comer en Mendoza, fue un instante de conversión ideológica.

Lo desconocido de vivir hizo razonable compartir una épica de lo cotidiano, decirlo implica asombrarse, con lo cual conectarse con Mendoza, favoreció a alguien. Alguien tuvo hambre, hubo un reconocimiento implícito, en esa semana viajera, la vida anónima de los compañeros apareció sin mayores cometidos doctrinarios; doctrina de una modernidad mendocina cuestionada. Sin embargo, mis compañeros universitarios no lograban crear sus propios milagros inesperados a medida que comían, solo balbucean prejuicios dispersos.

sábado, 8 de octubre de 2011

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.


Recorrimos esos instantes familiares, mientras almorzábamos, la vida misma permitía esas luchas ideológicas. Las batallas ideológicas del Tenedor Libre, ese asunto no estaba dentro de mis confesiones anónimas. En definitiva, había dinero para pagar la cuenta. En eso, sin duda, apostamos a la vanguardia acuciante del Chile Profundo.

Comíamos para vivir. Si bien nos acercábamos más a la muerte a medida que pasaban los segundos, existían ansias de liberación pedagógica, alternar tallas provenientes del Chile Profundo con balbuceos ideológicos por parte de los hijos del país del No que usaban un par de servilletas, creo, que resultó.

Balbuceando en Mendoza. Olvidé la cantidad de servilletas con las cuales amenizaron mis compañeros su ritual de occidente. Solo sé que querían encadenarse a la organización patriarcal de nuestra sociedad. Mucha servilleta arrugada con trozos asimétricos de pan express. Sus ropajes conductuales eran un canto a la voluntad de vivir, pantalones de tela de colores republicanos y poleras sin mayor calidad extravagante.

También balbuceamos por medio de simples miradas universitarias. Nos movíamos sin causa aparente. No sabíamos nuestra subjetividad mendocina. Hacíamos intentos por entender nuestros demonios internos, optamos por comer progresivamente hasta condimentar nuestras voliciones tercermundistas.

Eran balbuceos verbales que permeaban miedos libertarios, por ejemplo, estar almorzando en un Tenedor Libre. Mucha gula al fragor de sempiternas bocas hambrientas, a jóvenes beneficiados con becas estatales entregadas durante la audacia estratégica del país del No y niños hambrientos de absurdos morales.

Nosotros y ellos. Una especie de dualidad primaveral aparecía durante esos instantes.

Tenedor Libre

despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.



No me importaba ser un cobarde. Quería ser mayor, estar habilitado. Habilitado para ser ingenuo con una profunda impresión. Insaciable ante el fenómeno de la vida. Desde la inmediatez de una ciudad extranjera, pude hacerlo. Logre una epifanía de los desorientados, hasta la modernidad se sonrojo. Al parecer la vivíamos “como si” fuera narrada como un gran relato de alguien mayor. Por lo menos, allá, en las calles de Mendoza, no nos dimos por enterado.

Teníamos un asunto pendiente que resolver. Hubo intentos revolucionarios por buscar incesantemente respuestas sin preguntas. Pero implicaba una educación de orientación holística, a pesar de lo cual, ir más allá del dogma patriarcal, una propuesta indecente emergía en Mendoza.

Íbamos a decir palabras sin sentido. Hasta que apareció ese día. Un día convertido en sábado. Parcialmente soleado, con algo de viento y escasa humedad, lo cual, dibujó, de alguna manera, aquel instante de conversión dialógica que irrumpió, dispuestos a confrontar al Tenedor Libre.

Ese existir reflejado en compartir experiencias fugaces en el Tenedor Libre, coincidió con la escases de recursos monetarios de muchos de los compañeros que participaron de aquella aventura, íbamos a ser mayores.

Impusimos batallas ideológicas entre los cubiertos y la disposición emocional al tocarlos. Sutiles e ingenuos. Eso facilitó el ingreso a ese mendocino espacio de socialización volitiva. Significó un inicio infrecuente, desde chistes absurdos sobre las desigualdades estéticas de los compañeros que procedían a sentarse hasta comentarios referidos a la contingencia peronista. Alcanzamos cierta adultez, por algunos minutos, después la evidencia empírica hizo de las suyas familiares.