sábado, 31 de mayo de 2008

Principio de incertidumbre


“pero en algunas ocasiones es más noble seguir un impulso ciego, cuando es provocado por un gran amor, que ir en contra de el. Sobre todo si hablamos de la juventud, porque creo que un chico que es juicioso en todo momento no es demasiado confiable"
Fedor Dostoievski



Lo era. Cambiar el mundo que soñamos desde la recta provincia de nuestro haber cerebral Había un estremecimiento deliberado por construir un hambre bestial por educar. Era la intrigante ilustración repentina que preservó las dudas sobre cualquier asunto humano. De alguna manera, lo concebí como una superposición de múltiples posibilidades de estados de adicción volitiva.

Cuando pensaba, estoy cambiando de tema, que la política era el arte de construir una estética del cinismo concluí que el lenguaje hacia su trabajo; ahora las realidades que se multiplican; en el mundo real solo aparecían y desaparecían estrategias de acción militante para perpetrar incertidumbres creadoras.

Debe haber, inexorablemente, una historia humana que permita sacar sentido al acontecer heroico de una vida que tenga algo más que certezas personales.

Por ejemplo, la educación formal vista como la crisis de creencias que modela precarias verdades oficiales induce a que un hombre sea considerado como alguien que vive inmerso en una comunidad lingüística. Nadie esta libre de este principio.

Por lo visto, el tiempo no es el gobernante del universo. Insisto en la cuestión educativa de mencionar al lenguaje humano como el resumen de las relaciones de poder, nos obsequia tantos instantes familiares. No somos dioses pequeños.

Lo interesante radica en un mes como éste, el entramado de normas y creencias perpetuando el status quo milenario, desde lo que hemos señalado en alguna parte, aquellos que profesan una convicción altisonante acerca de las relaciones humanas, solo optan por tomar decisiones después de que las muchas generaciones ya se cultivaron, socializaron, deliraron, civilizaron e incluso se silenciaron por glamour.

Comprender a las personas, éstas no cambian, significa cambiar la mirada respecto a la educación que sigue sumida en el abismo demencial de conflictos súbitos. Por eso, cierto principio observa.

Cualquier día, fue durante este mes, puede ser la apoteosis de la asimilación y absorción de miradas aletargadas y creadoras. Si supiéramos que significa educar a medida que nos seduce dicho principio. De repente, esa educación formal se convirtió en la propia irrealidad de los desorientados.

Súbitamente, irrumpe en su viaje interior que yacía en su mirada, la vida misma ejerce su ideología delirante e ignoramos la sucesión de hechos anecdóticos que a diario soñamos.

Ahora bien, en donde el lenguaje ordinario motiva un análisis lúdico de la realidad humana en emergente nacimiento.

Desde luego hay señales de algo interesante, por ejemplo, el acontecer histórico de la heterodoxa hora fue, qué duda cabe, un argumento más a favor de algunos ecos humanos, a saber, la estética revolucionaria de dispositivos móviles de mandato táctil, desde conservadores MP3 hasta lúdicos y minimalistas iPad, cuyo giro valórico radica estar habilitado, por tanto, insinúa una innovación estilística en saber cómo enamorarse minuciosamente de esa realidad que fluye.


Aletargadas miradas


“la educación es algo admirable, pero de vez en cuando conviene recordar que las cosas que verdaderamente importa saber no pueden enseñarse.”



Hay ciertas preguntas que alimentan la constante búsqueda de sentido, en lo genuino de nuestra patética y vacua comprensión sobre la naturaleza impenetrable de la realidad otoñal, desde la mirada de alguien que envejece. Además, somos seres inclinados a inventar nuestra propia hipocresía, y con ello, la insondable expresión de irrealidad al predecir la posibilidad de que mejor invento de la vida ha sido la muerte.

Estoy en las inmundicias halagüeñas del presente actualizado. Junto a toda realidad que tiende a la fragmentación, eso sí, impregnadas de un viaje hacia otras vidas paralelas.

De todas formas, lo visceral de la biología de la vida que configura preguntas repentinas y a su vez miradas aletargadas. Por lo visto, el ocaso de los paradigmas explicativos que día a día hacen de las suyas personales. En efecto, se captó una realidad que divulgamos a través de preguntas que repiten todos los días ¿La vida merece ser vivida?

Se manifiesta entonces un discurso de verdades mutiladas, nadie sabe para quién trabaja, en donde principios universales, incondicionales, absolutos, con la ayuda anónima de respuestas inconclusas, y todo desde la provincia. Todavía ignoramos el carácter invernal de dicho lugar ciudadano. Mucho de sus protagonistas generan miradas.

Si bien es importante dejar entrever la ignorancia ignorante que hemos aprendido por medio de la educación formal, ésta se erige como un anexo necesario y repentino, con la esperanza de no ser tontos solemnes él comentó mediante su mirada.


El ateísmo purificador de las experiencias pasadas por ese joven estudiante podría insinuar lo abyecto de tomarse demasiado en serio, también fue un paradigma andante de lo que la vida decía, navegar por los intersticios de lo que, o en el bus o en Metro, divagaba “manifestar el menesteroso momento del ciclo sin fin como la entrañable observación ante ese universo”

Anarquismo místico en ciernes



Ciertos días han sido un temporal de adictivos estados afectivos bastante humanos. Se necesita una razón de ser para cambiar esos rituales viajeros que nos condicionan por estar sujetos a las circunstancias histórica, si es que somos dioses pequeños.

El torrente de sucesos humanos y personales genera un estallido de hilaridad salvaje cuya ilustre protagonista fue y es la sobreestimada la educación formal.

Estamos en un estado de cosas, entre unicelular o pluricelular,  ya siendo finales del mes de mayo de 2008, en donde el punto G de la cuestión educativa es cuestionar, en principio, las falencias estructurales, escolares, culturales, procedimentales, patriarcales, didácticas y burocráticas de la educación que vivimos, tanto en su modo de tributar vastos artificios conceptuales, como la degradación ruin de atribuirse vanguardia andante.

Algo sucede cuando nos enseñan a granel. Consideramos un imperativo crítico que la educación de calidad y gratuita es la hegemonía de construcción social de índole  instruccional. En esto, más acción y menos ojos en blancos no sirven para comprender las dudas del bolero respecto a ella.

No hay claridad para dilucidar cuál es el alcance y sentido de una educación de calidad, en tiempos donde la revolución cibernética juega a ganador. Incluso, en un país que excluye la autocritica, pues los demás son los miserables o perdidos.

Hay ejemplos LED o no tanto al respecto, como i no es el capitalismo o es el comunismo ¿acaso Marx fue alguna vez marxista?, el gremialismo, el fascismo, el liberalismo, la señora María o su segundo nombre en la esquina del barrio marginal o aspiracional ( hablar con estos adjetivos es poco estético en tiempos inclinados a las invenciones de falacias personales), o por ser adicta a la observación, tener predilecciones sobre el capitalismo en “off” o el gremialismo, después viene la vida y  a su vez la muerte.

Hay un ambiente de " torreja" manifestación de bipedismo universitario. Harta mierda con ventilador cuyos componentes semánticos-gestuales estriban en el resentimiento visceral contra cualquier élite endogámica que tenga dispositivo móvil táctil.


sábado, 17 de mayo de 2008

El navegante de la conciencia humana, San Agustín de Hipona


Aventurarse en escudriñar la vida humana resulta una tarea gigantesca de observación respecto a las rarezas, enigmas e incertidumbres que nos tocó vivir, en principio, aparece ante nosotros a través de nuestros órganos sensoriales que nos definen.

Tal vez, tengamos que protagonizar esa capacidad innata de contemplar los extremos del abismo pensante del ser humano, y sus derroteros en ciernes, tanto sus ideales más sublimes como su ruin degradación. Por lo que nos permite navegar por las profundidades de regiones vírgenes de la subjetividad humana, durante nuestras aventuras cotidianas junto al permanente conocimiento de uno mismo, mutilado, falseado y sesgado.

Por ello, opté por presentar un esbozo del pensar antropológico del eminente San Agustín de Hipona. De este modo, anunciar lo que se puede lograr en una vida tan llena luces, sombras y valiosas tonterías.

Lo que esta claro, independiente de nuestras consideraciones personales, que San Agustín fue un gigante de la historia del pensamiento. Sin lugar a dudas, encontrar una respuesta clara y precisa a estas atávicas preguntas, por ejemplo ¿Que es el hombre? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cuál es su capacidad para conocer y determinar su destino? ¿Somos el propio observador de nuestra realidad? ¿Somos adictos al mundo exterior? ¿Acaso el hombre es permeable a la vorágine del tiempo cuando esta inmerso en el mundo como un sentido de referencia existencial? ¿Qué somos mientras estamos inmersos en el mundo como representación de la realidad que creemos conocer? ¿ La vida merece ser vivida?; estos cuestionamientos o intentos de preguntas, desde los albores de la historia del hombre han sido, y por cierto, serán preguntas que determinan los cimientos tanto conceptuales de tipo analítico-deductivo como históricos de índole intuitiva en ilustrar esos paraísos soñados, que enfatizan toda exclusión del dolor humano para aletargar la conciencia humana.

En esto, San Agustín, abocó su vida a desentrañar, y por cierto, a gozar de la misticidad galopante de estar en la verdad, en realidad, esta verdad más allá de las pomposas apariencias que nos confiere la razón humana por medio de su genuina naturaleza para abstraer ideas, y por ello, combinar ideas conforme a la memoria asociativa que provoca una constelación de conceptos, pensamientos.

Por esta razón, Agustín considera indispensable desocultar el conocimiento de las verdades eternas que, como preludio es desentrañar la idea de bien, esto es, encontrar la esencia suprasensible de las ideas propiamente tal, habrá la manera de vivirlo, es decir, a Dios en la interacción de estas ideas que se manifiestan en la experiencia concreta así como en una religiosidad estremecida que San Agustín percibió vigorosamente a medida que envejecía.

Ahora bien, hay una lucida exaltación a exhortar todo aquello que tenga olor a vida en su caprichoso destino de labrar conciencias. “Y volvía a caer en el abismo de mi vida pasada. Y cuanto más próximo estaba el inaprensible instante en que iba a cambiar mi ser, mas me sobrecogía el terror. Y las fruslerías de las fruslerías, las vanidades de las vanidades, mis antiguas amistades me agarraban por la ropa de la carne y me decían al oído:- ¿nos despides? ¡Cómo! ¿Desde ahora, para siempre, nunca podremos hacerte compaña?- Ya me asaltaban de frente, como en otro tiempo, quejosas y atrevidas, sino como tímidos cuchicheos murmurados a mi oído. Y la violencia de la costumbre me decía:-¿podrás vivir en ellas?” En efecto, la verdad es aquello que esta en la inconmensurable vivencia de alcanzar lucidamente, ese abismo pensante, la idea de Bien.

Así, pues, la capacidad imperecedera de problematizar las diversas dimensiones del acontecer humano, siendo su sentido de pertenencia, eso creo, a su ficticia identidad personal su exultante gozo existencial cuya sensación de irrealidad e incluso de angustia visceral ante lo imprevisto de vivir es lo que asiduamente encontramos en la facticidad de nuestras relaciones sociales, afectivas e incluso académicas.

Pues, como la vida, solamente, nos ha sido dada y no elaborada en lo referido a prescribir caminos sobre la experiencia concreta de cada uno de nosotros, habrá que considerar su sentido y significación. Por eso, San Agustín, busca en el misterio insondable de la sabiduría divina del Dios, pontificado de crepusculares instancias humanas un destello de inmortalidad.

De este modo, un morir no muero seria la manera de adoptar, para hallar, por medio de la Psicología, Filosofía y Religión un influjo emancipador que permita la hombre enamorarse su realidad encarnada en un darse cuenta en una conmoción de una emoción. Ciertamente, la condición humana radica en la inconstancia, inquietud, sensación de absurdo ante la consciencia de sí ¿la vida merece ser vivida como tal?

Por lo mismo, adentrarnos, enfáticamente, en aquel mundo de impresiones evanescentes junto al universo psíquico que encontró San Agustín, desde la perspectiva entrañable de nuestra vana condición humana que propiamente vivió como tal, un pensar reflexivo con cierto énfasis sacralizador de concebir la miseria humana como obra de alguien que no es aburrido.

Ante esta situación, su vida licenciosa que profesó durante algunas décadas fue un despertar catártico para posteriormente cimentar así como consolidar su conversión, en la manera de entender la eternidad del instante que invocó este pensador cristiano, una ideología del vivir cristiano a partir de nuestras excrecencias existenciales que nos ofrece con beneplácito la vida.

Esto hace eco, de acuerdo, a lo anteriormente expresado, en las palabras que sacan palabras del escritor, novelista e incluso poeta Miguel de Unamuno: " la vida es la única maestra de la vida; no hay pedagogía que valga. Solo se aprende a vivir viviendo, y cada hombre tiene que recomenzar el aprendizaje de la vida de nuevo " En esto, hay una actitud por proponer que la libertad humana radica en la responsabilidad de nadar por los momentos canonizados por el arcángel memoria.

Incluso, la pesada carga de la libertad nos induce a invocar esperanzas radicales o utopías impregnadas de una infrainmortalidad que inhibe nuestra capacidad de asombro y, con ello, la curiosidad insaciable por ser conscientes de nosotros mismos.

Por lo tanto, de acuerdo a lo expresado, en realidad, esto viene a refrendar de algún modo el énfasis temático que hará, a pesar del carácter heterogéneo de sus concepciones filosóficas sobre la experiencia concreta del hombre es escudriñar los aspectos inescrutables que versan sobre la concepción antropológica del hombre inmerso en el cosmos.

En consecuencia, el ser permanente, reflejado en un navegar profundo, por la conciencia humana, en la antropología filosófica de San Agustín, primeramente, tiene un sustento epistemológico en su concepción filosófica de cómo develar la naturaleza subyacente de la idea de bien que, luego, tiene una contribución moral en cuanto a la manera de abordar al hombre como un individuo constructor de mundos paralelos, desde la cuestión concreta de la calle.

Un saber que necesita de la sabiduría divina para comparecer al sendero de la verdad, pero la experiencia personal convierte a esa calle en un lenguaje simbólico de paradigmas andantes.

Su idealismo en un realismo que yace en las cosas pensadas, después de asumir tanta realidad vivencial en sus demonios internos,  ¿encontramos el verdadero ser si se vive en la majestuosidad galopante de retornar constantemente a las cosas?

Esa capacidad del hombre de adaptar el libre albedrio para sus consideraciones personales resultó crucial, en este caso,  para San Agustín, como el individuo intenta su autoafirmación a través del apego adulador de su propio yo, esta situacionalidad conflictiva que suscita un cultivo teórico y práctico, en la ideología y en las costumbres, del narcisismo.

Cabe señalar la fijación intelectual así como sensual del hombre en sus problemas corporales y anímicos, sus perplejidades sentimentales, estéticas, sus anhelos y temores, su abyecta degradación a partir de sus propios derroteros afectivos.

Los afectos humanos no son sino una suma de anexos repentinos, por eso fundó una antropología cristiana.

¿Algo más? Quién sabe. 

Una vida que sigue




Verdaderamente los miedos modifican la faceta que tenemos sobre nuestras ideas, que condicionan esa entrañable pregunta ¿cuál es la verdadera realidad? Por eso, las palabras que crean realidades, inequívocamente, nos insta a cuestionarnos lo que somos.

En esto, por ejemplo, una evocación como aquel banquete de ilustres momentos juveniles, esto es, cuando el niño generaba frenesí cuando sus libros los idolatraban. Son recuerdos que se diluyen con el tiempo.

Así, pues, durante sus experiencias liceanas con sus padres filiales, esto es, alguien llamado Daniel, la autoridad y la moral en tiempos donde los conceptos pierden su carga emocional, la  experiencia jugó su propio juego.

Ahora bien, jugando con el infinito de eventos familiares con énfasis. Y su desbordante amor a las profundidad de las casualidades, eso sí, bajo el influjo emancipador de las cuestionadas certezas vocacionales junto al principio de incertidumbre que ofrece la sociedad del espectáculo.

Estoy viviendo ahí. Incansable búsqueda. De los lugares sagrados que sacralizan lo profano. Por lo visto, de repente, se esta inmerso en un océano de atardeceres circulares, más aún, creo, qué duda cabe, una alegría que viene cuando relato esa aventura inexcusable de mirarme sin piedad.

Esos doce años de beatería educacional sujeta a programas académicos, es decir, un ´´charquicán´´ académico en la cúspide de promover ansiados futuros que no serán. Por lo demás, se insiste con admirable perseverancia en lograr el propósito de computar una prueba. Se adquiere con evidente calidad metódica, eso dicen.

Fueron estudios aletargados. Innumerables miradas angustiadas por ingresar al pulpito de la excelencia académica. Para educarte conforme a un constructivismo radical. A toda prueba, con la radicalidad de una vida en desarrollo.

Los estudios humanos transcurren, que acontecen durante tiempos educacionales adictivos y sempiternos, para la raza humana, son un “match point” mental a la capacidad de asombrarse de los adultos, bueno, yo lo estoy presenciando, respecto al conocimiento humano que aparece inexorablemente nuestra inteligencia diversifica su capacidad personal.

No hay nada personal. Siendo un joven ávido por manifestar la humildad socrática de cómo crear diversos y diferentes discursos, junto a mi papá pueden haber  momentos agradables.

Desde donde una pregunta que acontece puede ir a los confines del vivir conscientes, a saber, ¿qué se hace con las palabras cuando aprendemos? Donde  todos los protagonistas, jóvenes o adultos, junto a sus errantes percepciones intimistas adquieren señales de un destino misterioso.  

Hay que forjar el destino con las piedras del camino, nadie pueda convertirlas en verdad revelada, solo la irrupción de lugares utópicos ensombrece cierto pesimismo de pizarra de acrílico, con esa vida que progresa hacia otros derroteros familiares.

Habría que amar la vida como si fuera una dedicación exclusiva al caos para disfrutar aquellos aspectos familiares de una persona, agregándole un nombre y apellido, que vive perpleja ante el espectáculo indagador del ciclo sin fin de la vida.


De este modo, porque resulta esclarecedor pretender luchar incansablemente acerca de las miradas y cegueras de una realidad que subyace a la educación formal, con indicios concretos de ser caminante en vivencias sinuosas, sin embargo, intuye de comentarios breves junto a la foto que aparece acá.

La solidez y la sordidez de nuestras decisiones, en nuestros actos personales juegan un papel lúdico en la propuesta gestual de lo señalado, ahora bien, en el subconsciente de nuestra psiquis acosado por lo tempestuoso que puede ser indagar un par de fotografías, nadie tiene la verdad al respecto.

Con ello, advierto al hipócrita lector acerca de la importancia relativa y planetaria que cumplen los padres como portadores de un capital social y cultural fielmente reflejado en el sistema escolar de masas sujeto a las dificultades de ofrecer una educación de calidad pública y gratuita así como breves comentarios de un ritual olvidado.

Buscando la emoción imperecedera del tiempo abúlico en historias inconclusas que implica el bienestar efímero se saber quiénes somos. Y esos padres que aparecen en esas ruinas circulares pueden enseñarlos a simplemente vivir.

Tengo ese destino errante de percibir en esta vida que sucede una belleza nueva para construir educación. En consecuencia, como si fuera una obra de arte en perpetua natalidad que sabe de emoción y no de educación.




La ciudad porteña




De repente, la vi en la casa de mi amigo Osvaldo junto a sus amigas sonriendo herméticamente acerca de las mundanidades que le corresponde vivir en este mundo que apesta.

Reconozco que fui bastante imprudente en ciertos gestos, ademanes, movimientos y por cierto, en esa locuacidad extrema que incomoda al anónimo receptor. Es asa cuando estamos acostumbrados a obviedades discursivas. Me resulto muy atractiva así como interesante. Iba más allá de cuestiones hormonales.

Durante una media hora cada una de los integrantes de la mesa redonda del amigo Osvaldo hizo su trabajo, esto es, se dedico a conversar con los suyos, pues, así, tu autoestima permanece intacto ante lo nuevo, desconocido, aventurero de peregrinar hacia la habitación del otro.

En efecto, después, había que derretir el galopante hielo de referencias conceptuales y mutar en algo lúdico e inexorable aquellas miradas que acontecen y dispersas palabras que seducen cuando la moral se olvidaba.

Para ello, lo importante era hacer del dialogo una rueda mágica de temas misceláneos. Me gusto. Y debo decir que mientras más la observaba, ciertamente, mas me fascinaba penetrar sus laberintos afectivos. Ignoraba la razón de ser, pues, en realidad, la racionalidad en estas circunstancias, en verdad, entristece, estorba, oscurece y confunde.

Una mera intuición de incurrí en la loca aventura de arriesgarme, todavía era un joven adicto a la realidad. Con tal de conquistarla para luego silenciarla. En fin, se ha avanzó con transar  respecto al lenguaje femenino.

Ahora bien, evoco esos reflejos viajeros que desnudan nuestras vulnerables almas en busca del destino. Ese inefable Valparaíso, que me acompaño en mi época de estudiante de Derecho, cuyos ecos de un tiempo del cual no hay vuelta atrás. En unos años más espero decir esto en “off”.


Afloran esos rituales olvidados que te recuerdan lo que somos en nuestras agendas de adicciones personales sin las cuales solo seriamos fósiles vivientes, pero Valparaíso vislumbra extraer la medula ósea a la vida.  

Tantos momentos porteños, en que somos versátiles actores de nuestras desquiciadas e inescrutables relaciones cerebrales, para seguir creyendo en alguien.

Tal vez alguien nos sueña pero nos maravilla ese remolino de besos y ausencias, que permiten mirarnos desde afuera sin piedad, sin bondad, sin llorar, sin dejarse engañar. Para buscarse sin cesar en las miserias del diván, esa ciudad trasciende la educación formal de Occidente.

Desde ese frenesí paulatino en forma humana, fue agradable iniciar este relato a través de una minucia hogareña, después canonizaremos momentáneamente a la ciudad que conmueve y seduce.

Cuando Valparaíso era nuestra vocación full HD. Un manantial de afectos que ocurren cuando el uniforme generaba frenesí. Y toda realidad otoñal tiende a la fragmentación.

De repente, para mí, besos y abrazos cuando en el cielo, solo las estrellas; cada ciudad metropolitana que nos ofrece un equívoco de estridencias morales envueltas en divinidades cuestionadas.

Esos dioses que ya no están. Y ella, la niña de las estridencias éticas esculpe un deseo, y una ansiedad en su cuerpo en cuyo puerto principal se regalan los bares santos de la verdad.

Las posibilidades aletargadas de paraísos soñados y sus vasos vacios, a medida que la ciudad porteña observa a muchos estudiantes universitarios, bueno, también observa a los hijos de la Imprenta. Ante la posibilidad presente somos hijos de nuestra boca que quiere pronunciar el silencio.

Dulce sensación de saberse narrador de una historia personal. Junto a esa ciudad de los cerros repentinos en ciernes. Durante algunos minutos pasaron asuntos humanos, a decir verdad, gracias a mi amigo azar.

Todo fluye para desentrañar temporalidad a medida que transcurren los días durante este mes, en un intuitivo camino crepuscular, callejero, porteño, universitario e ideológico, que navega en una beligerante incertidumbre que determina una relación enigmática con el lenguaje humano.

Viajé, repentinamente, a la ciudad celestial del vivir viviendo, esto es, Valparaíso observando con suma adicción, desde la visión hegemónica de miradas que acontecen. De pronto, se convierte en el abismo pavoroso de una realidad humana que sigue aumentado.

Invoca esa empedernida duda de aparente certeza histórica. Estoy, como aquellos días, esperando algo que irrumpa en el laberintico espacio callejero del misterioso tiempo.

En esto, ese Valparaíso es el niño símbolo de mi naturaleza obsesiva. En la obsoleta tranquilidad de un día lluvioso que invoca el paisaje interior de un espíritu libre en aquella pensión de los desorientados que hizo crear mundos afectivos en la mundanidad del conocerse para construir manantiales de ardor juvenil en los espacios conscientes de una mirada que acontece. Era una delicia esperar, pacientemente, el ciclo vital de cada día.

Que alegría saber esas cosas pensantes que nos angustian. Quién sabe. Es lo que hay.

Siempre hubo, en este caso, en mis años vividos en Valparaíso un destello de dialógica irrupción patriarcal, que implicaba la manifestación insatisfecha de una intuitiva identidad anónima, que provocaba delirios inefables de emoción en el bajo mundo de los días de Mayo.

Horas después caminé por la orilla del inconmensurable océano pacífico, y mirar perdidamente la faz resplandeciente del día junto a un sol, que irradia un calor que perturba por su deliberada timidez, algo de humedad relativa apareció.

Lo hacía con cierta diligencia. Realmente era un relajo. En fin, prontamente, iré describiendo con mayor precisión vivencial, esos sucesos de divinidad callejera que protagonicé junto a esa herética ciudad buscándose. 

Vuelve Mayo y vuelve algo

Horario Valle 2008

De repente, todo fluye y nada permanece. No sabemos porque sucede tan a menudo y nos afecta, pues, así, envejecemos. Y no hay vuelta atrás.

Se deben tomar muchas decisiones a lo largo de nuestra vida que entrañan conductas temerarias. Por lo visto, nuestro amigo Alberto jamás nos decepcionará al respecto. No había razón de ser. Quería buscarse afanosamente mientras conocía a su " Virgen María", durante este mes de las movilizaciones estudiantiles, en que la entonación siniestra del ¡" más acción y menos ojos en blanco"! le era muy conveniente para penetrar sus propios laberintos cerebrales.

Había un afán de inmortalizar esos instantes que Alberto protagonizó durante su estadía en la línea 4 A, ya que, significó un proceso gradual de catarsis vivencial respecto a los años anteriores, solo la vida viajera de cualquier vagón de Metro reflejaba cierta realidad del mundo exterior.

Su jadeante risa acerca de sus recuerdos del pasado, repente, alcanzo un éxtasis místico en sus divagaciones mundanas, pues, mientras recordaba sus breves veinte años al fragor de sus errantes espinillas diseminadas por el espacio sideral de sus incrédulas vellosidades influenciado por el advenimiento de la fugaz adultez, observó que era un adicto al mundo exterior.

Temía no saber nada acerca de lo que se le aparecía. Creía que sus ojos no los estaba usando para entender lo que acontecía en la Vía Láctea, en que podía marcar diferencias en esos temas que le seducían: el Tiempo. Pero, bueno, es lo que había que descubrir con énfasis lo aparecido.

También resulto esclarecedor para Alberto, la sensación de estar viviendo en mundos ordinarios, que necesitan ser construidos con nuevas estructuras cerebrales y algo más.

Así, pues, se puede pensar desde la mente. Aun cuando, saber lo que es la mente es como querer navegar por aquel dilema filosófico ¿qué quieren las mujeres? Por ello, hay que construir desde la región inescrutable del querer humano.

Eso purifica y redime, a la maestra vida. Nos embelesa como individuos dispuestos a buscar, en la autenticidad de lo absurdo que observa, de la historia humana sin más ideales sublimes para cambiar la mirada.

Pues bien, Alberto contempló en acción esos extremos que se entrelazan y se bifurcan en la vida humana, la suya era lúdica e incertidumbre creadora en esculpir esos momentos, los ideales sublimes que uno atesoran junto a su voz interior y esa ominosa degradación de vivirse.

Incluso otros días que ocurren en Mayo, intentó saltar las fronteras ideológicas del planeta tierra,  sucedían vejaciones que eran adoptadas y adaptadas al súbito peregrinaje hacia aquel juego de ajedrez alborotado así como divagado de ejecutar la jugada maestra del día sumido en la oscuridad estoica de los albores del siglo veinte con la tranquilidad mítica del campo, no hay necesidad de no cuestionarse.

Ante esto, le queda la locura por vivir siendo un constante atardecer en la obviedad de creer en la estructura patriarcal de occidente. Insistió exageradamente de si estaba soñando aquellas ruinas crepusculares de su bibliográfica realidad, para creerse el cuento.

Su actitud prevaleciente, en otros momentos del día, mientras estaba ordenando su dormitorio tras haber despertado, para acallar sus nativas angustias existentes en su universo de emociones era escudriñar alguna picazón de la “frutera”, en esto, cabía la verdad de una exultante epifanía de los desorientados, a partir de sus mundanas manos que deliberadamente manifestaban silencios elocuentes por motivos que aún desconozco.

La obsesión por razonar aquellas vivencias que la razón es incapaz de captar. La osadía por alardear de controlar los imprevistos imperceptibles del tiempo para así mitigar la incapacidad de conocer la voluntad como representación de la realidad.

Y si el mundo es el peor lugar para vivir pero no quiero morir, algo que coincidía con la experiencia de fe de Alberto respecto al otoño.

Podía ser como una huida conmovedora hacia los caminos de la memoria del atónito cambio de milenio.

Mirar la savia mágica del insurreccional existir concreto. Saber vivir es ir a los confines inextricables del infinito como ficción del presente. Y seguía Alberto absorto en sus vanas divagaciones vocacionales acerca del fenómeno de la vida, pero hace tiempo que dejó de ingerir bebida.  

Quería perpetuar el uso excesivo de la memoria histórica para vigorizar nuestra futilidad concerniente a la educación formal, nadie sabe de eso. La democracia representativa seguía actuando como intrigante necesario.

La osadía de aquellos hijos de la necesidad por tener ficticia identidad personal, en la raigambre de sus esperanzas radicales durante ese día con él, provocó que la estupidez, conforme a la ley y a la tradición milenaria, de los ilustres decesos otoñales, fuera algo interesante.

Esta adolescencia ansiada, ya estaba bordeando los 24 años, favorece una libertad restringida a los avatares energúmenos-vociferantes de nuestra soterrada identidad personal como, asimismo, lograr una efectiva integración social.

Ignoro ese afán compulsivo por adherir súbitamente a tribus urbanas del tipo reivindicatorias de cualquier índole, pues, simultáneamente este sentido de pertenencia grupo limita indefectiblemente la libertad individual del anónimo joven que quiere querer ser rebelde. Al primer día el revolucionario radical se convierte en el más acérrimo defensor del status quo.

Obviamente hay una contradicción vital respecto a la búsqueda incesante por ser aparentemente libres y , por otro lado, ser los paladines de una sesgada visión de mundo que, por cierto, esta vigorizado por el lenguaje.

Esto era para Alberto de una atroz ironía del destino, si es que pudiera hablar. Al fin y al cabo, al innombrable se le puede admirar o despreciar pero jamás ignorar.

Siempre ha pensado que las personas que han hecho historia conforme a las circunstancias, que le han tocado vivir con o sin glamour, sean o no afines a nuestras consideraciones personales,  supone un análisis crítico de nuestro propio modelo de realidad prevaleciente.

Por lo visto, este mes ha sido un estallido de hilaridad salvaje y de genuinos bipedismos seculares acerca de la naturaleza del mundo universitario que compartía Alberto en cierta comunidad lingüística. Harto roto en estado embrionario y poca calle en off.

Sueños de fuga



“La Fe es un riesgo. Éxtasis divino hostigado por la duda, desesperación metafísica sacudida por el fanatismo. La Fe es un riesgo”
Fedor Dostoievski

Mantener cierta esperanza en cuestionar las sutilezas identitarias en que vivimos, en esos rituales añejos que condicionan nuestros sistemas de moral prevaleciente, porque todavía vivimos en sociedad.

Hay para todos los gustos en que se despotrica contra un cuestionamiento hacia lo que somos ante la realidad del mundo exterior.

Esto, ciertamente, es un interesante caminar por todo aquello que se etiqueta de acuerdo a los convencionalismos sociales, que arraigados en su discurso académico como finalidad narrativa, hacen complaciente las peculiaridades del hoy divulgado en pasado, como también el ficticio presente que alcanza el desangramiento enternecedor, son ilusiones persistentes.

Nos esmeramos en crear una imagen rentista del existir humano, debido al permanente estado de enajenación ética que genera nuestra educación formal, esto excluye todo sustento idílico de las grandes narrativas.

Un aparecer radical cuyo influjo histórico-ideológico nos narra una revolución contracultural sobre nuestras esperanzas radicales, fue lo vivenciado durante estos días de mayo.

Donde pude vislumbrar cierto estado de cosas, y siendo dócil las contrariedades del ciclo sin fin, ávida de una pincelada precisa de genialidad para navegar por las sinuosidades del lenguaje humano, pues ¿qué sé cuando conozco un lenguaje cuando amanezco en un mundo?, entonces, hay que darse cuenta de lo que somos al construir palabras. De este modo, dignas de ser mencionadas éstas son conmovedoras ante el monumental advenimiento del enigma como incansable búsqueda del bajo mundo.
Apareció un hombre que dibujó paisajes internos en la subjetividad humana. Descubrió, condujo hacia las tierras vírgenes del alma humana, ejemplo, esto se refleja intensamente en las “Pobres Gentes”, “Los Humillados y Ofendidos” en cualquier rincón oscuro, un corazón de consejero puro y noble, cándido y consagrado a sus jefes y, con él, una jovencita, ultrajada y triste.

Su historia, tanto personal como biográfica, desgarra y estremece a cuanto humano habita en la biosfera. Humillados y ofendidos, una de las magnas obras del joven adulto, perpetra una estética sanguinaria de enamorarse de la realidad de la misma manera una hermenéutica del juego aleatorio de circunstancias históricas que les tocó vivir.

Puede parecer incoherente, lo mencionado sobre esta ciudad que embriaga las insinuaciones de poder factual deliberante, sin embargo increíblemente ingenuo en demostrar evidencias, pero la certeza de sufrientes realidades tutelares inhibe la impetuosa irrealidad que pueda obsequiar la educación formal. Ésta no incentiva miserias humanas de full HD contenido u otro tipo de humillaciones  a lo largo del elaborado guión de sacralizar aquellas ambigüedades cruelmente regocijadas en esta ciudad de constante búsqueda.

En el caso de Valparaíso, será esa sencillez de aprendizaje autodidacta en los albores de ese devenir temporal, porque seguía siendo Mayo, una intención imperecedera de acompañar al año entrañable que vivió ese personaje mientras vivía.

Así, pues, obnubilado por su fugaz paso por la verdad que traía consigo, eso creía. Eso imaginaba. Mucho de ocaso estival cumplió con aquella reiterada vejez manifestada en los bares santos de la verdad. Esa ciudad hacia su trabajo.

Las ansias hegemónicas de expresar mundos inconclusos por palabras enfocadas por él, en ese polvo que el viento crea, que corroe los cimientos primarios de legitimación rusa.

La capacidad heroica, junto a un joven y un escritor, de mantener el mito urbano de enfatizar la incertidumbre verbalizada como también en la extraordinaria ausencia de, que limita el carácter dubitativo de evidenciar esas certezas que quedaron en Valparaíso, para perpetuar la vida hegemónica que él cree.

Es desesperante creer para opinar, pues, subrepticiamente ese abismo eminentemente humano dimensiona con ferviente exageración apreciaciones que justifican principios que ciertamente pueden inhibir el acto reflexivo de inmutar un análisis histórico de la verdad. Además, en la niebla melódica de abyecciones humanas que cuestionan mis verdades acerca de mi moralidad prevaleciente. Así fue.

Me enseñaste Valparaíso a ironizar con el inquisidor ¡No debes! Cuando leía ese instante ruso cuando olvidaba mis rituales, ocasionó la sumisión
al ciclo sin fin.

Abstraerse uno mismo, a veces, la ilógica del camino en ciernes cuya realidad radica en jamás tomarse en serio, olvidó sacudirse de tanta carga civilizatoria de Occidente.

Los delirios de grandeza, de un instante a otro,  que proliferan en el fluir de ideas durante días que irrumpieron como gotas de agua, contribuyen a la primacía de la opinión, sin ser muy glamorosa ésta, ¿La validez de concebir cierta necesidad de perdida, en ese abismo antes mencionado, alcanza su competente plenitud en el silencio?, ¿El mundo inteligible del joven Fedor permite suponer la ausencia como algo que crea momentos?

Estos mustios atardeceres que reivindican el fin de una historia ¿Éxtasis de globalización o narrativa visceral en proponer discursos hegemónicos que ensalzan la importancia de llamarse vida? Hay cierta música que refleja la redención del destino.

Alguien consideró ser un escultor de impresiones fuertes, en forjar abisales días convertidos en fertilización de mañanas infinitas. Son esas utopías colectivas en trance de agotamiento y decisiones despiadadas para que el tiempo haga su trabajo.

 Mientras Fedor y Valparaíso esperaron su oportunidad para arriesgarse a observar a alguien..

Alberto y sus inseguridades repentinas


En un país rejuvenecido, como éste, todos dicen que la corrupción no existe, aun cuando, se roba conforme a ley para captar las relaciones humanas en versión “El Padrino”. Hay muchas maneras de sustraer o malversar fondos públicos o privados. Las responsabilidades tienden a ser humanas.

Las personas jamás asumen responsabilidades drásticas, por ejemplo, renunciar, inmediatamente, sino que se escudan en el lenguaje humano que llevado al pragmatismo pueden suscitarse a medida que nuestro protagonista siga aprendiendo.

Se mofan de la gente, desde el país en cuestión hasta cualquier educación formal dirigida a la moral de rebaño, de un modo tan descarado que resulta inverosímil, que todavía sigan votando por los mismos energúmenos vociferantes que ensalzan a la democracia como la solución de sus propias taras congénitas.

Increíble pero cierto. Por lo tanto, este país del joven Alberto estaba en otra etapa de cambio cultural: la decadencia de las instituciones democráticas de representación popular y la indiferencia pasmosa de la ciudadanía acerca de lo que somos.

Por lo que, cambiando la mirada acerca de lo se enfatiza, Alberto creía, en principio, que uno como individuo puede ser constructor de experiencias personales, éstas dejaban una huella inconmensurable en la sucesión temporal de acontecimientos históricos.
Lo intuía como la única forma de atribuirle sentido a su vida, más aún, disfrutando también de los placeres sensuales que le ofrecía la voluntad de poder, buscaba ser adicto a la ordinariez de lo extraordinario.

De repente, observó que importa si deja un legado o, incluso, una obra planetaria de múltiples posibilidades teleológicas cuya constante planetaria siempre será ese abismo pensante, por lo menos, él sigue cambiando la mirada.

Estaba al borde del desgarro de su abdomen, riéndose con énfasis y a su vez cómico saberse tanto espectador como ser personaje anónimo del juicio inquisitorial del tiempo. Éste como una historia cultural de modelos culturales. Sin duda, esculpía en las sinuosidades de su propio lenguaje que seguía creando.

Debía reconocer su obsesión por aquellos individuos que hacen historia. Y su boca quiere fornicar su silencio. Con el estallido súbito de su palabra inicial.

El eterno retorno de lo idéntico en sus vastas ramificaciones reflexivas, sin tomar alcohol en ese país lo logró. Lo fue.

Estaba seguro de que la vida era una exultante aventura hacia lo enigmático. Luces y sombras, en este viaje, por el puente de nuestro acontecer temporal cuando algo mas quiere pronunciar. Ello aleccionó al adolescente mayor de querer correr riesgos por las personas.

De alguna manera, se vio involucrado en los laberintos afectivos en donde si no hay sonido vivencial del ciudadano pluricelular ni la impaciencia del móvil, entonces la vida continua. Cierta lucidez hormonal de estar observando en la idea de los demás.

Los demás juegan a un “no sé qué” ciudadano. Mientras más se habla de nosotros como un ritual de convenciones sociales, entonces, nuestros obtusos deseos, sensaciones, percepciones, experiencias emocionales, estados personales adictivos, ansiedades en constante indigestión narcisista y placeres corporales inconclusos que serán vanagloriados por la moral de rebaño junto a la mansedumbre acuciante de saberse instigadores de la imagen pagana de llamarse Alberto.

Cuanta vacua necesidad de que estén hablando del uno mismo entronizador de hormonales verdades discutibles conforme a las circunstancias históricas.

Cuando no se aparece repentinamente ese fenómeno patológico de vivir en ciernes se buscan minucias cotidianas, por ende, encontrar el punto ciego de los bípedos que alardean de una insondable profundidad de pensamiento.

El joven adulto continúa divagando. Si es que eso existe. Después del golpe todos son didácticos de los caminos de la memoria.

Ante esto, un joven adulto que es un amigo suyo, Daniel, se erigió como el paladín de los desorientados de los que miran y ven desde su televisor full HD la incredulidad imperante de su vivir viviendo, y, ese nihilismo disolvente de estar confrontando años de fecunda vulnerabilidad ante lo que se vive.

Esto lo hizo decir unas cuantas cosas sobre el hastío arraigado que tenia al recorrer, claramente, sus paseos por el equívoco de ilusiones sociales que le toco vivir.

- Lo único que nos debería preocupar es saber si hay realidad humana en off que prevalezca como la epifanía de lo cotidiano, de modo evidente, la naturaleza cautiva de los demonios internos de los mundos paralelos que labramos, donde la razón es la cadena de los viajeros, cuando pensamos, del cual abrigamos y también volvemos permanentemente al origen de esa empedernida verdad que fluye. Entonces imágenes paganas y, con ello, estamos viviendo, gradualmente, en la soledad de la montaña en ciernes, lo que nos perturba es que lo único permanente es el cambio- dijo para sus adentros viscerales algo que olía a una vida autodegradatoria en permanente parodia acerca de lo que construía y, luego calló con glamour.
 - ¿somos adictos al mundo exterior? - espetó Alberto, algo confundido por lo expresado por su amigo. En otras palabras, destacó, inequívocamente, esa altanería prodigiosa cuando se preocupaba de los detalles inesperados de aquella rutinaria vida.

Sin embargo, sus palabras inesperadas revelaban algo enigmático, tal vez demasiado intimo, que no alcanza a comprender.

Como toda consideración digna de ser cuestionada era resuelta con una sonrisa de piedad infinita. Toda la vida de las sociedades, Alberto y Daniel compartían complicidades vivenciales al respecto, en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta, por unos momentos, de los rituales instituidos por Occidente.

Siempre deseamos saber si estamos hechos para construir realidades conformes al ritual sagrado de nuestras adicciones personales, quién sabe.

Puede que lo que este apareciendo sea refugio espiritual hacia donde van nuestros pensamientos vividos. En eso, el universo es paciente y generoso en dejarse analizar.