Lo deliberadamente veraniego era que todo ocurría, ni nosotros pudimos
quedar exentos de aquella verdad planetaria, mi Papa y yo, esperando verbalizar
lo indecible.
Lo indecible de ser fugaz condena en sí mismo. Eso provoca el futbol. Una
ficción narrativa que conmueve al soberano pueblo. Nosotros somos el pueblo,
pero nadie sabe para quien trabaja.
Nadie fue capaz de verbalizarlo tras miles de instantes de
percepciones ciudadanas, siendo que la “U” lo habría logrado, a pesar del calor
vertiginoso que ese día entraño, alguien tenía que decir dichas valiosas tonterías,
se intento.
Todavía persistía la extraordinaria ordinariez de este segundo tiempo
jugado sin menores problemas menores, ahí mismo la gente estaba delirando, no hacían
grandes comentarios, de lo sencillo que implicaba ganar consideraban su grado
de sofisticación, el Estadio Nacional parecía una valiosa tontería sumida en el
torrente ideológico del universo.
Nuestro Estadio Nacional representaba simbólicamente contra las
tradiciones instituidas por el clamor veraniego de los precedentes meses
estivales, la aparente mediocridad de la “U”, por fin, cambiaba la dinámica histórica
de nuestra biografía personal.
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