No había vuelta atrás, algo había
llegado a su fin. Solo quedaba esperar disfrutar la influencia desatada del
cambio. Cambios acordados y aparecidos durante ese día de Diciembre 14. Esta
situación de hecho, un lugar sagrado para comprender a la “U”, ese equipo del
romántico viajero que le tomaba el gusto a la vida, a su manera. Era una
apuesta riesgosa hacerlo siendo ignorantes de nuestra subjetividad
futbolística. Durante esos momentos de exultante clamor sufriente.
Éramos sufrientes personajes de un
drama comedido. Esclavos historiadores de impresiones fuertes a su vez arrendatarios
de verdades mutiladas. Aun seguíamos ahí, mirando lo que acontecía, no solo de
gol vivían esos miles de hinchas.
También existía una voz. La voz en off de
aquel drama pertenecía a la tribuna del desconocido que tanto legó a nuestra
indecible realidad. Con esa realidad, el diluvio generacional.
Muchos de los cuales, esos hinchas
con bajos umbrales de sobreestima personal, escasos predicadores de un humor
alternativo, hijos de nuestra democracia abortada, vivían amando la vida sin
lógica, por eso mismo, ese gol ayudo a ser irresponsables.
Lo que generaba cierta
irresponsabilidad cronológica con lo que transcurría, esperábamos que terminara
inmediatamente tras el gol convertido por Lorenzeti, pero el tiempo cronológico
tiene sus propios demonios internos. Aquellos vibraban con la complicidad sin
ambición del árbitro.
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