Despues de la lluvia todos son empiristas y todos somos rotos.
En
eso estamos, intentando descubrir lo que somos, pero descubriendo a Lampa tiene
cierta enfermedad sagrada, seguir con el ritmo demencial de no mirar el reloj, sucedió
durante varios instantes.
Difícil
describir a los instantes sumidos en Lampa cuyas opciones humanas eran
diversas, después hubo que encontrar un frágil equilibrio entre la humedad
relativa de los cuerpos presentes en el jacuzzi y la misión aterradora de
seguir perpetuando en nuestra psiquis esos instantes en Lampa.
Lampa,
tontería pluricelulares por ahí, noches veraniegas tras la caída del Muro de Berlín, la puesta en marcha del
humor absurdo por parte de Jaime y la vidas paralelas creadas por esas mujeres
que perpetuaron sus creacionismos ensimismados.
No
hace falta decir que disfrutamos con la desnudez inmisericorde de la noche
presenciada en aquel día. Recorría toda historia humana sin la complicidad del
dispositivo móvil, una sorpresa que impuso la vida.
La
vida continúo generando emergencias humanas. Nunca estuvo de más el silencio
respecto a lo que vivimos en Lampa. Hubo un valioso encuentro entre el silencio
y yo, estremecedor fue darse cuenta de aquello.
Solo
ese día debe saber el secreto, no fue solo estar agonizando. Acompañando al día
que hizo posible crear una forma singular de expresión humana, conversar sin
piedad en las aguas tiránicas del jacuzzi, diseminando el néctar generacional
del presente mutilado, de vez en cuando, reemplazábamos las toallas por fotografías
digitales.
Sacar
fotos inducia a ilusorias muestras cotidianas sobre el sentido de la existencia
hídrica en Lampa, también afectaba a esos radiantes rostros universitarios, ironizaba
con el corrosivo dudar de los megapíxeles
de aquel dispositivo tecnológico, Javiera asumió el riesgo se programarla
para sacar una serie ilimitada de fotos.
Muchas
fotos, variadas intercepciones entre rostros femeninos y un minoritario rostro
masculino, con divertidas coqueterías planetarias y destellos de frivolidad estética.
La
cuestión estética aparecía sin nombres propios con la suerte impuesta por esa cámara
digital cuya propietaria es Fedora, a lo sumo, buscábamos penetrar las locuras anónimas
de la imagen que proyectamos durante esas horas de bohemias irresolutas. Para
eso, tuvimos que hacer uso de nuestra cámara digital.